Ciudad de México a 10 marzo, 2026, 3: 24 hora del centro.
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Del colapso petrolero al pacto peninsular

postal PP horizontal Jorge Shields (1)

Durante décadas, Campeche sostuvo al país sin pedir mucho a cambio. Desde el Golfo, su petróleo iluminó ciudades y alimentó presupuestos. Mientras otros estados bailaban con la industrialización, aquí se perforaban sueños con casco y overol. Pero el modelo extractivo no sabe decir adiós con elegancia. Cuando el pozo se seca, el olvido llega rápido, y con él, la ausencia de un plan.

En 2004, México y Campeche tocó el cielo negro del petróleo: más de 2 millones de barriles diarios, gracias al campo Cantarell, el segundo yacimiento más productivo del mundo. En 2023, apenas pasaba de los 470 mil. Se apagó Cantarell, se desgastó Ku Maloob Zaap, y la exploración no levantó cabeza. Mientras tanto, el presupuesto estatal se petrolizó aún más entre 2004 y 2014: incorporó recursos del Fondo de Extracción de Hidrocarburos, lo que elevó el gasto público estatal, pero introdujo una gran volatilidad fiscal atando el destino financiero de Campeche a los vaivenes del petróleo. Pero esto no se tradujo en diversificación. Más del 80% del PIB estatal giraba en torno al petróleo. Y cuando la producción colapsó, arrastró consigo empleos, empresas, vocaciones.

Campeche es uno de los casos más claros de colapso post-extractivo en México. Un laboratorio de lo que ocurre cuando la política industrial se reduce a la explotación de recursos naturales. Como con la maquila sin innovación en el norte o el monocultivo en el Bajío, el petróleo se volvió fin, no medio. Y cuando falló, todo se vino abajo. El error no fue solo federal: también hubo captura y visión de corto plazo en lo regional. Las instituciones se concentran en atender lo inmediato con limitaciones para construir una estrategia sostenida hacia el futuro.

De 2015 a enero 2025, Campeche perdió 25,340 empleos formales, una caída del 16.2%. Si hubiera crecido al ritmo promedio nacional, tendría hoy más de 190 mil empleos. En cambio, tiene 131 mil: una brecha de casi 60 mil trabajos. En un estado donde el empleo formal representa más del 40% de la economía, esta ausencia es una alerta. Ciudad del Carmen, símbolo de modernidad energética, hoy resiente abandono urbano y un éxodo silencioso.

Mientras tanto, el centro del país se consolida como epicentro de la nueva inversión. En 2023, más del 50% de la IED manufacturera se concentró en CDMX, Edomex, Querétaro y Guanajuato. El nearshoring se anuncia como gran oportunidad, pero llega a las mismas zonas de siempre. Y Campeche, otra vez, queda fuera del radar.

Sí, el sur-sureste aparece en discursos. Aún no tenemos un tren de carga funcional, y aunque Campeche cuenta con un polo de bienestar asignado, este carece aún de ideas claras y articuladas regionalmente. Tampoco tiene corredores industriales consolidados ni planes logísticos definidos. Las capacidades institucionales son frágiles, y el sector privado desarticulado y en supervivencia. Dejar fuera a Campeche no solo es injusto: es perder una pieza estratégica para el desarrollo equilibrado del país.

Pero no todo está perdido. Hay una oportunidad que crece desde abajo: construir una nueva historia productiva desde la Península. Campeche, Yucatán y Quintana Roo comparten historia, territorio y horizontes. Juntas forman una región con potencial para ser mucho más que un destino turístico o una reserva energética.

Lo que hace falta no es una obra aislada, sino una visión compartida. Una agenda peninsular que articule el futuro desde la ciencia y la inteligencia territorial. La región tiene condiciones para impulsar cadenas productivas innovadoras y sostenibles: biotecnología marina, agroindustria 4.0, energías limpias y logística.

¿Empleo hoy o mañana? Necesitamos ambos. Actividades intensivas que arranquen ya —agroindustria, logística, servicios técnicos— y sectores que apuesten por la sofisticación gradual: manufactura avanzada, inteligencia artificial, energías renovables. Pero, sobre todo, liderazgo local dispuesto a tomar el timón.

¿Y por dónde empezar? Una primera fase podría incluir un diagnóstico conjunto de capacidades productivas, una red de formación técnica articulada con los sectores estratégicos y un fondo de innovación peninsular. El futuro empieza con decisiones.

La Península debe construir su propio modelo, integrando infraestructura, aptitudes territoriales y cadenas de valor. Lo que necesita es respeto como territorio estratégico. En un mundo en reconfiguración geoeconómica, donde la desglobalización y relocalización de cadenas es tendencia, ¿cómo no pensar en la Península como una plataforma industrial y tecnológica?

No se trata de saldar una deuda emocional. Se trata de corregir asimetrías históricas y evitar que el futuro repita los errores del pasado. Campeche ya cumplió su parte en la historia energética del país. Ahora, con inteligencia compartida, ambición regional y voluntad política, puede ser pieza central de un nuevo pacto productivo peninsular.

Y ese futuro —si se hace bien— no será para una Península que, con dignidad serena, aún desea lo bueno: transformarse, liderar y abrir caminos a un México más justo, equilibrado e inteligente.

 

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