Ciudad de México a 4 diciembre, 2025, 23: 43 hora del centro.
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Del olvido a la esperanza

postal PP horizontal Areli Luyando

Hablar de pobreza en México es hablar de una herida histórica. Una herida que por décadas marcó el destino de millones de familias que sobrevivían con lo mínimo y que sentían en carne propia la desigualdad. Durante años, la pobreza fue tratada como un problema secundario, como una cifra más en los informes oficiales. Se hablaba de crecimiento económico, de estabilidad macroeconómica, pero no se escuchaban las voces de quienes no tenían qué comer.

En los últimos años, esa narrativa cambió. La pobreza dejó de ser una estadística y se convirtió en el centro de la política pública. El gobierno de Andrés Manuel López Obrador apostó por un modelo en el que los más pobres fueran primero y los resultados han sido visibles. Según cifras oficiales del Coneval y del INEGI, entre 2018 y 2024 más de 15 millones de mexicanos dejaron de vivir en situación de pobreza.

Los números son contundentes, el salario mínimo aumentó más de un 90% en términos reales, revirtiendo décadas de pérdida en el poder adquisitivo de los trabajadores. El impacto fue inmediato: hogares que antes tenían que decidir entre comer o pagar un gasto básico, hoy cuentan con un ingreso estable que les permite planificar y respirar con un poco más de tranquilidad.

Pero este cambio va más allá de los números. Lo que realmente se transformó fue la dignidad de la gente. Cuando un gobierno decide mirar de frente a los más olvidados, los que viven en las comunidades más apartadas o en las colonias más marginadas, el mensaje es claro, su vida importa, su bienestar es prioridad, su dignidad no es  negociable.

Durante décadas, la pobreza fue usada como botín político. Los apoyos llegaban condicionados, como moneda de cambio en tiempos electorales. Hoy, en cambio, los programas sociales son derechos, no favores. La diferencia es enorme, lo que antes se recibía con miedo a perderlo, ahora se recibe con la certeza de que es un reconocimiento legítimo del pueblo.

Por supuesto, no todo está resuelto. México sigue enfrentando retos como el acceso a la salud. Sin embargo, lo que parecía un callejón sin salida ahora muestra una luz clara, sí es posible reducir la pobreza cuando se colocan a las personas en el centro de las decisiones de gobierno.

Salir de la pobreza no es solamente tener un poco más de dinero. Es poder respirar sin la angustia de que el hambre regrese mañana. Es enviar a los hijos a la escuela con la esperanza de que tendrán un futuro distinto. Es poder mirar al país con orgullo porque, por primera vez en mucho tiempo, se siente que hay un piso más parejo.

El cambio de paradigma también ha sido cultural. La sociedad mexicana aprendió que la pobreza no es una condena, sino una condición que puede transformarse con políticas públicas justas y con solidaridad social. Se rompió el mito de que la pobreza es “culpa” de quien la vive; se entendió que es consecuencia de estructuras de desigualdad que si se enfrentan con decisión política, pueden revertirse.

En este sentido, el gobierno de López Obrador pasará a la historia no solo por sus cifras económicas, sino por haber reivindicado la dignidad de millones de mexicanos. El verdadero logro no es únicamente haber reducido la pobreza, sino haber devuelto la esperanza. En un país tan golpeado por la desigualdad, ese es quizá el cambio más profundo.

Pero el reto es no dar marcha atrás. Porque la pobreza es un enemigo que siempre acecha y basta un giro político o económico para que lo avanzado se pierda. La gran tarea de la sociedad mexicana es mantener viva la conciencia de que los programas sociales y los salarios dignos no son privilegios, sino derechos conquistados. Defender esos derechos es defender la posibilidad de que México siga caminando hacia un futuro donde nadie quede atrás.

Imaginemos por un momento lo que significa que 15 millones de personas ya no vivan en la pobreza. Significa millones de mesas donde ya no falta el pan, millones de niños que sí pueden estudiar, millones de familias que pueden pensar en el mañana sin miedo. Significa que, en medio de todas las dificultades, México encontró un camino de justicia social que parecía imposible.

La herida de la pobreza no está cerrada, pero ha comenzado a sanar. Y esa cicatriz que quedará en la memoria colectiva será, más que un recordatorio del dolor, una muestra de la fuerza de un pueblo que cuando se reconoce en su propia dignidad, es capaz de transformar su destino.

Porque un México con menos pobreza es un México con más futuro, más paz y más dignidad.

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