Ciudad de México a 11 diciembre, 2025, 17: 24 hora del centro.
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Del pádel al pleno: el ausentismo que cuesta derechos

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Cuando vimos aquel video de un diputado conectado a una sesión virtual mientras sonaban raquetazos de pádel al fondo, algo en miles de Mexicanos resonó. No era solo el espectáculo del deporte en plena comisión legislativa , era el símbolo del descuido, de la distancia entre quienes trabajan para la gente y quienes trabajan… para sí mismos. Este episodio que hizo reír redes o indignarse, según la brújula ética de cada cual, tiene que ver con algo mucho más grande: la reducción de la jornada laboral que aún, a pesar de los discursos, se mantiene en el limbo.

Y es justo ahí donde la gente de pie, la que sale todos los días a trabajar, a levantar la economía, a cuidar a los suyos empieza a preguntarse: ¿para qué sirve un legislador que no legisla y para qué sirve un discurso que no se transforma en acción?

Desde hace tiempo se debate, en la Comisión de Puntos Constitucionales, la iniciativa para reducir la jornada laboral en México y pasar de 48 horas a 40 semanales, sin reducción de salario, para darle a los trabajadores más vida, más salud, más tiempo con sus familias.  Una reforma de justicia social, de esas que hablan de dignidad, de corresponderle al ciudadano que da lo mejor de sí. Sin embargo, mientras este cambio espera por su turno, algunos legisladores parecen jugar a otra cosa. Las sesiones virtuales han permitido que se conecten desde estadios, canchas, cafés, mientras los temas de fondo esperan, los plazos corren y la gente produce, lucha y resiste.

Lo más doloroso, quienes más sufren la jornada excesiva no son los diputados; son los obreros, los administrativos, los que doblan turnos, los que pierden cumpleaños, los que no ven crecer a sus hijos o ven crecer su cansancio. Ellos esperan, esperamos, que el Congreso funcione. Que los legisladores vengan al recinto, debatan con intensidad, legislen con conciencia. Porque, ¿de qué sirve una ley que promete jornadas más cortas si los mismos encargados del trabajo legislativo no asisten al trabajo más básico: la presencia, la responsabilidad, el voto consciente?

Aquella escena del pádel es el puente entre un signo de privilegio, ese es el tiempo libre cuando se paga por él y la lucha cotidiana de millones que no tienen ese lujo. Nos obliga a contrastar dos mundos: el del recreo de un diputado mientras la comisión vota, y el de un trabajador que no sale del turno hasta las 8 de la noche. Nos pone frente al espejo de las prioridades. Y hace urgente la pregunta: ¿para quién y quién legisla?

Sin asistencia plena, sin debate público, sin perspectiva de vida real para la mayoría, la reforma será otra promesa rotunda que se queda en papel.

No olvidemos que la reducción de la jornada no es un lujo; es una medida de justicia. Estudios de especialistas mexicanos muestran que jornadas más cortas podrían mejorar bienestar y productividad, sin que necesariamente crezca la inflación.  La reforma está avalada por una lógica de equidad: quien cambia la hora de entrada no cambia los sueños, cambia la vida. Pero hoy la vida de muchos espera, mientras otros juegan.

Un gobierno como este, que muestra presencia desde las tragedias, desde la lucha de las comunidades, desde la base, reafirma este principio de justicia que demanda la reforma.

Por eso, este no es un asunto menor, ni un simple “ajuste de horas”. Es un acto político y moral de respetar a quienes producen, de devolverles la vida que el esquema actual les roba. Y saber que mientras se debate la ley, algunos usan la sesión para jugar… nos duele, porque no necesitamos distracciones, necesitamos asistencia, presencia y leyes que honren al trabajador, al padre, a la madre, a nosotros los jóvenes que cumple doble turno.

El verdadero puente entre jugar pádel y acortar la jornada no es literal; es simbólico. Es el puente entre la frivolidad de quien tiene tiempo para jugar mientras trabaja, y la dignidad de quien rehúsa perder más vidas, más horas, más mañanas. Y ese puente lo debe

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