A siete años de la transformación, México se consolidó como el bastión de izquierda más importante de América Latina. Claudia Sheinbaum y López Obrador son los liderazgos populares más influyentes del continente. Ese peso no pasa desapercibido para la ultraderecha internacional. Si quieren avanzar en su cruzada ideológica, necesitan romper el dique mexicano. El mismo Javier Negre, operador de la derecha, lo dijo: “México es un país clave para que la libertad domine América Latina”. Esa “libertad” no es otra cosa que restauración conservadora.
Por eso buscan entrar a México. No porque tengan fuerza propia, sino porque saben que el proyecto de transformación —construido desde abajo— tiene una legitimidad que ningún Milei, Bolsonaro o Kast podrá imitar. México es el contrapeso ideológico, el vecino incómodo; el país que demostró que un modelo de bienestar, soberanía e inversión pública puede reducir pobreza a niveles históricos pese a la resistencia de las élites.
Incapaces de disputar ese respaldo en las urnas, lo intentan por otras vías: guerra cultural importada, consultores extranjeros, campañas digitales ensambladas fuera del país. La llamada “movilización de la Generación Z” fue su experimento más reciente: lo que presentaron como rebeldía espontánea fue, en realidad, un ensayo para intentar abrir una grieta en el escenario mexicano.
El informe de Infodemia lo confirma: narrativas impulsadas desde fuera, amplificadas por opositores y financiadas por empresarios del viejo régimen. Cuentas nuevas, páginas administradas en el extranjero, inversión millonaria. Nada orgánico. Detrás están los de siempre: Cerimedo, el bolsonarismo digital y Negre, decidido a meter a México en su guerra cultural. Para ellos, México es un botín: si tiran este bastión, creen que podrán reconquistar políticamente a la región.
Nada fue espontáneo. La derecha internacional intenta disfrazar la reacción como contracultura, apropiándose de estéticas juveniles y lenguajes de la izquierda. Buscan redefinir “ser joven” para enfrentar a la juventud contra la transformación. Su “rebeldía” es utilería: videos de IA, líderes improvisados. ¿Detrás? Una estrategia transnacional que pretende moldear cuadros jóvenes acompañados por influencers que repiten viejos dogmas anti-Estado y anti-derechos.
Nada de eso nació en TikTok. Nació en Madrid, Buenos Aires, São Paulo, Miami. México es el escenario. No el origen.
La ultraderecha intenta apropiarse de esa frase para revestir su violencia de rebeldía, pero la historia muestra lo contrario: la rebeldía auténtica está en defender derechos, no destruirlos; en ampliar libertades, no recortarlas; en sostener un proyecto popular frente a quienes quieren vender el país.
Aquí es donde el presente se enlaza con el pasado. La ultraderecha que hoy opera con algoritmos es la heredera directa del salinismo, de las redes que privatizaron el país y usaron al Estado como botín. El caso de Salinas Pliego lo demuestra: la privatización de Imevisión, ahora Tv Azteca, en 1993, financiada parcialmente con un préstamo de Raúl Salinas, exhibió una arquitectura de privilegios y favores que sobrevivió al cambio de siglo.
Quienes se beneficiaron entonces, hoy intentan conservar los privilegios obtenidos gracias al salinismo a cualquier costo, ya sea con televisiones, algoritmos o consultores extranjeros. Saben que el control de la hegemonía cultural siempre estuvo en los medios: primero en la televisión, su aparato favorito para moldear percepciones; y ahora en las redes sociales, donde intentan replicar el viejo modelo de influencia con nuevas herramientas, algoritmos y operadores internacionales.
Siete años de transformación crearon algo que ningún montaje digital puede revertir: un pueblo consciente de su fuerza. La 4T no solo cambió la realidad cotidiana; cambió el sentido común que durante décadas sostuvo privilegios para unos cuantos. Millones hoy viven mejor gracias a becas, pensiones, salarios dignos y un Estado presente.
Eso es lo que no logran entender. No es México lo que se les escapa: es el país que creían que podían seguir controlando.



