La noche del 15 de septiembre de 2025 no fue una más en la liturgia patriótica de nuestro país. Desde el balcón de Palacio Nacional, la presidenta Claudia Sheinbaum, primera mujer en ocupar ese lugar en más de dos siglos de vida independiente, rompió con una costumbre que parecía inamovible. Nombró a la insurgente queretana como Josefa Crescencia Ortiz Téllez Girón, y no como “Josefa Ortiz de Domínguez”. Por primera vez, el grito que recuerda a la mujer que encendió la mecha de la Independencia devolvió a Josefa su apellido propio, su identidad original, su lugar en la historia como sujeto y no como “la esposa de”.
Puede parecer un gesto menor, pero los símbolos importan. Nombrar con justicia es también reparar. Durante siglos, las mujeres fueron reducidas a “señoras de” o a títulos derivados del poder masculino que las rodeaba. Josefa no fue la Corregidora por voluntad propia: fue así porque la historia escrita por varones decidió que su gesta solo podía entenderse a partir de su relación con Miguel Domínguez. Lo mismo ocurrió con cientos de mujeres que participaron en las luchas sociales del país y que quedaron atrapadas en el anonimato o en el eco de un nombre masculino.
La independencia mexicana estuvo marcada por la participación de mujeres valientes, estrategas, mensajeras, financiadoras, organizadoras. Sin embargo, los manuales escolares y los discursos oficiales las relegaron a un segundo plano. Leona Vicario fue llamada “la mujer fuerte de la Independencia”, pero pocas veces se subrayó que fue ella quien sostuvo económicamente al movimiento insurgente, arriesgando fortuna y vida. Gertrudis Bocanegra fue fusilada por organizar redes de comunicación insurgente, pero rara vez se enseña a niñas y niños que murió gritando “¡Viva la independencia!”. Y, por supuesto, Josefa Ortiz quedó reducida a “la Corregidora”, como si su identidad dependiera del cargo de su esposo. No es casualidad: el patriarcado construyó un relato donde los héroes tienen nombre y apellido, mientras que las heroínas aparecen como apéndices, sombras o notas al pie. El silencio fue la estrategia de la historia oficial para mantener a las mujeres fuera del relato nacional.
Por eso, cuando Claudia Sheinbaum decidió nombrar a Josefa con su apellido de nacimiento, rompió un ciclo de más de doscientos años de invisibilización. La presidenta entendió que no se trata solo de conmemorar, sino de reivindicar. Porque nombrar bien no es capricho: es reconocer la autonomía de las mujeres, su capacidad de decidir y actuar sin depender de la sombra masculina. Que sea justamente una presidenta quien haya hecho esta corrección no es casual. El México del siglo XXI comienza a contar su historia desde otro ángulo: el de las mujeres que fueron calladas, pero que nunca dejaron de estar presentes. Del silencio regresan ahora con nombre y apellido, con memoria y con dignidad.
Este gesto abre un debate más amplio: ¿cuántas mujeres en la historia de México quedaron atrapadas bajo apellidos de esposos, borradas de los libros de texto, silenciadas en monumentos o plazas públicas? ¿Cuántas luchadoras sociales, sindicalistas, obreras, campesinas e indígenas quedaron sin rostro en los relatos oficiales? La memoria feminista nos recuerda que la historia no es neutral: se ha escrito con sesgos de clase, raza y género. Nombrar a Josefa Crescencia Ortiz Téllez Girón es también nombrar a todas esas mujeres anónimas que sostuvieron causas colectivas y fueron olvidadas. Porque la lucha feminista no solo busca transformar el presente, también exige reescribir la historia para devolver a las mujeres el lugar que les corresponde.
Hay quienes minimizan el gesto, argumentando que un cambio de apellido no resuelve los problemas reales de las mujeres: la violencia de género, los feminicidios, la brecha salarial, la sobrecarga de cuidados. Y sí, es verdad: un símbolo por sí solo no transforma las condiciones materiales. Pero los símbolos son la semilla de los cambios estructurales. Son la forma en que una sociedad se piensa a sí misma. Si en los discursos oficiales las mujeres son reconocidas como protagonistas, si en las ceremonias patrias se grita su nombre completo y no un mote derivado del patriarcado, entonces también se abre paso a un país que reconoce a las mujeres en la vida pública, política, económica y cultural. Nombrar es el primer paso para garantizar derechos.
La Cuarta Transformación, ahora con rostro femenino, no solo está llamada a cambiar la distribución de recursos o a profundizar en la justicia social. Está llamada a reescribir la memoria de México desde una mirada feminista. Porque un país que reconoce a Josefa con nombre propio también está más cerca de reconocer a las mujeres que hoy luchan por la vida, por la igualdad, por el derecho a decidir.
El grito de este 15 de septiembre pasará a la historia no solo por la voz de la primera Presidenta, sino porque esa voz decidió romper con siglos de silencio. Al decir Josefa Crescencia Ortiz Téllez Girón, Sheinbaum no solo nombró a una mujer: nombró a todas. Y es que, como bien sabemos las feministas, cuando nombramos, hacemos justicia; y cuando hacemos justicia, la historia comienza a transformarse.




