Democracia en el trabajo

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Democracia en el trabajo

Por Mercurio Cadena | jueves, 30 de julio del 2020.

Richard Wolff es un economista marxista gringo que se ha propuesto usar su plataforma mediática y sus credenciales académicas para dar a conocer al socialismo de una forma mucho más amplia. Sus reflexiones no tienen desperdicio y por eso decidí compartir algunas de ellas por acá.

La primera de ellas es de carácter histórico: Carlos Marx nació en 1818. Esto es más que una nota biográfica: es una posición generacional que lo ubica dentro de la primera serie de seres humanos que vivieron ya no la epopeya revolucionaria francesa, sino sus efectos prácticos. Aquel gran y admirable movimiento prometió libertad, igualdad y fraternidad al mundo mediante la superación del orden feudal de estratos. Esto se haría construyendo un nuevo Estado que encarnara los valores y deseos burgueses. La gran duda que despertó en la conciencia de aquel joven Carlos fue: ¿lo logró? ¿Vivimos en un mundo igualitario, libre y fraterno?

Después de 200 años de su nacimiento sólo puede contestarse que sí mediante un tejido argumentativo muy extraño y oscuro. Parece mucho más clara la ruta del no: la realidad, al menos para la mayoría de la gente, es ajena a estos tres valores. De hecho, se han encumbrado nociones totalmente contrarias para justificar esta ausencia, al grado de hacer pasar al egoísmo como virtud insospechada para luego espetar el fin de la historia: esto es lo mejor que lograremos como civilización; la labor económica (¡e histórica!) ha terminado.

Esto, por supuesto, es mera retórica (no por ello menos eficaz) creada con el fin hacer pasar por normales a las faltas de este régimen. Lo fundamental es que la gente que puede tomar decisiones relevantes crea, de buena o mala fe y contra toda noción histórica, que éste es el mejor orden posible de las cosas; y que quienes no lo crean (o duden de ello) nunca tengan los medios para hacer algo al respecto. 

Marx analizó muchísimos temas para desarrollar esta perspectiva crítica, pero hubo uno que le obsesionó profundamente: la relación humana al interior de las organizaciones más importantes del nuevo régimen, las corporaciones. El mecanismo general es así: una serie de personas llamadas “accionistas” se reparten la propiedad de la institución mediante papelitos llamados “acciones”, y luego sujetan la toma de decisiones importantes a la posesión de papelitos. Una de las más importantes es quién determina aspectos importantes en la vida cotidiana (porque, sabedores de lo engorroso que es trabajar, era fundamental delegar hasta la más pequeña y abstracta de las labores). Así nace el Consejo de Administración: lugartenientes de los dueños que se encargan, a cambio de abrumadoras cantidades salariales y prestaciones varias, de dirigir la cotidianidad de la institución. Estos dos círculos, dueños y administración, se reservan para sí la toma de decisiones y definen un solo principio como rector inequívoco: el lucro. Qué, cómo, cuándo y dónde se produce son dudas que se responden fácilmente: se escogen las opciones que amplíen nuestro margen de ganancia. 

Un tercer círculo mucho más amplio, los y las trabajadoras, no deciden nada relevante sino que se remiten a intercambiar su fuerza laboral por un salario cuidadosamente calculado para que deje un excedente tras su aplicación. Si la labor de alguno cae por debajo de esta línea de excedente, se le despide y ya está. O mejor aún: si todo un país ofrece un contexto que permita producir con mayores márgenes de ganancia vía salarios más bajos, nada impide que la corporación se mueva o se extienda. Surge la corporación transnacional que sigue teniendo al lucro como horizonte fundamental, y que opera con independencia de las ineficiencias sociales (y ambientales, y políticas, y energéticas…) que deja a su paso. He aquí uno de los pilares más importantes del capitalismo que es, al mismo tiempo, una de las represas más exitosas en la contención del deseo popular de libertad, igualdad y fraternidad. 

Afortunadamente, existen alternativas a la corporación. Están las pequeñas empresas que, aunque inmersas en una dinámica jerárquica que replica al sistema capitalista, no tienen el suficiente capital como para delegar el trabajo; ni siquiera el trabajo administrativo. En este sentido, no son corporaciones, sino entidades de trabajo cuyos dueños y dueñas se esfuerzan directamente en la producción de valor para la sociedad. A estas pequeñas propiedades hay que apoyarlas, no sólo para que se desarrollen y sigan brindando bienestar a la sociedad, sino también para que no pierda nunca la dimensión social que hoy cumplen gracias a su tamaño. 

Hay otras organizaciones que, a diferencia de la pequeña empresa, sí le hacen frente a las corporaciones. Hablamos de las cooperativas. Estas entidades recuperan las promesas de la revolución francesa y operan bajo la noción de que la democracia debe alcanzar todos los espacios de la sociedad, incluyendo el espacio laboral. El voto popular cada cierto tiempo es un mínimo valioso; ahora hay que ir por el voto corporativo, ya sea mediante la conformación de sindicatos vigorosos, la expropiación o la conformación de nuevas formas de organización productiva que no sólo cambien las manos de quienes poseen nuestras instituciones, sino que transformen cómo están estructuradas. Se trata de que las mayorías puedan decidir sobre qué, cómo, dónde y cuándo se produce. Y ojo aquí: no basta con estatalizar a las empresas como lo intentaron en la URSS. Eso sólo genera una casta burocrática que hace las veces de nuevos dueños. Hay que democratizar nuestras entidades de producción, o lo que es lo mismo: iniciar y consolidar el tránsito de las corporaciones a las cooperativas.

Por Mercurio Cadena | jueves, 30 de julio del 2020.

Mercurio Cadena

Mercurio Cadena. Abogado que codea. Socialista obradorista especializado en gestión pública y ética de la tecnología.

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