Ciudad de México a 10 diciembre, 2025, 15: 00 hora del centro.
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“Disculpe el señor, se nos llenó de Pueblo el poder”

postal PP horizontal Leo Collado

Disculpe el señor,
se nos llenó de pobres el recibidor
y no paran de llegar…”

Así canta Serrat, y así responde la historia; porque sí, la casa del rico, ese palacio de mármol donde se decide el destino ajeno, se llenó de Pueblo. No se llenó de visitantes; sino de habitantes.

Primero fue el Ejecutivo: el Pueblo entró por la puerta principal y no pidió agua, pidió patria. Luego el Congreso: los trajes planchados compartieron banca con huaraches limpios y conciencias despiertas. Y este 1º de junio, tras siglos de exclusión y toga sin alma, el Pueblo llegó al último bastión del privilegio: el Poder Judicial.

Disculpe el señor,
pero este asunto va de mal en peor…”

Sí, para los de siempre; porque llegaron hombres y mujeres que no nacieron en el mármol, pero sí en el mandato ético de esta tierra.

Hugo Aguilar Ortiz, jurista otomí, no aprendió a fingir neutralidad; aprendió a ser justo. No viste toga, porque su vestimenta es de identidad; no de disfraz. Su voz no imita, resiste. Y Arístides Guerrero, jurista joven, formado en las entrañas del derecho, amante del ideal de una vida justa, portador de doctrina, pero también de empatía. No le teme a la ley, la honra; y no desprecia al Pueblo, le rinde pleitesía. Comprende que, sin justicia para los Pueblos originarios, no hay justicia para nadie; y que abrirles los espacios no es un acto de caridad, sino de restitución histórica. Por eso su convicción no es solo legal, es profundamente moral.

A quienes preguntan cómo entraron, cómo se atrevieron, cómo fue que ocuparon los asientos sagrados de la Corte, les respondemos como en la canción:

Traté de contenerles, pero ya ve.
Han dado con su paradero.

Estos son los pobres de los que le hablé.
Le dejo con los caballeros.

Y sí, Hugo ha sido electo ministro, perfilado como presidente de la Suprema Corte. Y Arístides, parte del mismo horizonte: un jurista del Pueblo, con el código en la cabeza y el corazón en la causa.

Disculpe el señor, si esta vez el asiento principal de la ley no será del más poderoso, sino del más digno. Uno que no teme al barro, porque viene de ahí; y otro que no venderá la ley, porque nunca la compró.

El Pueblo no tocó la puerta; la tumbó con su voto. Y no entró para curiosear; entró para quedarse. Porque esta casa, la de las instituciones, ya no es propiedad privada; es territorio común. Y si se llenó de pobres el recibidor… prepárese, señor, porque ahora se llena de justicia la Nación entera.

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