Pluma Patriótica

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Dos banderas: revolución y transformación

La mañana del 20 de noviembre, dos enormes e imponentes banderas de México colgadas por helicópteros militares surcaron el cielo insólitamente despejado de la Ciudad de México; las familias —y sobre todo los niños— salieron a las calles, ventanas, balcones, patios, plazas y azoteas a mirar con orgullo los lábaros patrios, que anunciaron por todos los aires la alegría y esperanza de un Pueblo que recupera su historia, memoria y riqueza cultural como motor de las nuevas transformaciones.

La revolución social, que surgió en México un 20 de noviembre de 1910, fue convocada por el primer manifiesto político que puso fecha y hora exacta a una insurrección popular: el Plan de San Luis, creado por Francisco I. Madero, que establecía luchar por elecciones libres y desconocer la dictadura de Porfirio Díaz. No obstante que en Cuchillo Parado, Chihuahua, el 14 de noviembre, Toribio Ortega —presidente del club antirreeleccionista de la localidad— se había adelantado y levantado en armas contra el régimen, se reconoce históricamente el 20 de noviembre como el inicio de la Revolución Mexicana, Tercera gran Transformación de México, cuya fecha y sobre todo significado fue minimizado o escatimado por los gobiernos neoliberales.

La Revolución fue social, porque como señaló el Presidente en su discurso conmemorativo de dicha fecha en este 2021: “gracias a ese movimiento popular, en la Constitución de 1917, se reconocieron las principales demandas de nuestro pueblo: el derecho de los campesinos a la tierra; el salario mínimo, la jornada de ocho horas, la organización sindical, la seguridad social, el derecho a la educación y a pesar de fuertes presiones de las compañías y gobiernos extranjeros, se logró recuperar el dominio de la nación sobre las riquezas naturales, en particular se logró rescatar el petróleo”. Así, México tuvo la primer constitución social del mundo.

La Revolución Mexicana tuvo varias etapas: la de sus precursores intelectuales —como fueron los hermanos Flores Magón—, la lucha por la democracia de Francisco I. Madero —auspiciada desde los clubes liberales y antirreeleccionistas—, la guerra frontal contra la dictadura de Porfirio Díaz —enarbolada por diversos actores locales y regionales—, la revuelta contra el usurpador Victoriano Huerta, los movimientos revolucionarios de Francisco Villa con la División del Norte y Emiliano Zapata con el Ejército Libertador del Sur, la Convención Revolucionaria de Aguascalientes de 1914, la lucha de facciones revolucionarias —que fue quizá la etapa más cruenta—, la promulgación de la Constitución de 1917, y para algunos historiadores la etapa culminante de todo el proceso revolucionario en el cardenismo.

Sobre todo, la revolución fue una gesta del Pueblo de México: se calculan un millón 400 mil muertos en la década de 1010 a 1920 relacionados con la guerra, la violencia, el hambre y las enfermedades en torno al conflicto, y entre ellos destacan todos los que murieron desde el más profundo anonimato de la historia y la búsqueda verdadera de un mejor país.

A finales del siglo XX, la Revolución fue interrumpida y también traicionada, desde 1982 con el viraje neoliberal de los gobiernos del PRI comenzó el desmantelamiento del Estado de bienestar, que implicó entregar a intereses privados y extranjeros los bienes y recursos naturales de la nación, vender las empresas propiedad del Estado, y dejar en el abandono o carcomidas por la corrupción y el saqueo las instituciones públicas destinadas a atender la salud, la educación, la vivienda, y el empleo. Ha sido hasta 2018 con el triunfo del Pueblo organizado que comienza a revertirse la noche negra neoliberal. Por eso, los actuales días de la transformación deben leerse en función del legado de la revolución mexicana y de reestablecer los logros sociales que costaron derramamiento de sangre y que fueron destruidos por los traidores a la Patria del PRI y el PAN. Cuando hablamos de regeneración y transformación, estamos recuperando el camino de bienestar que soñaron los tatarabuelos y bisabuelos con una carabina 30-30 bajo el brazo.

El movimiento en nuestros días es totalmente pacífico; las enseñanzas del pasado nos invitan a actuar con gran responsabilidad del peso histórico de llevar en nuestros hombros y desde las más variadas trincheras la Cuarta Transformación. De ahí que la lucha de facciones no sea el camino, sino la unidad en torno a los objetivos estratégicos de cambio que a nuestra generación le corresponden consolidar. Seguramente, como ocurrió entre 1910 y 1940, habrá diversas etapas en el porvenir del proceso que iniciamos en 2018, pero no habrá que perder de vista que el objetivo es transformar México en beneficio del Pueblo, como ya se hace con las políticas y programas a favor de 25 millones de familias pobres que son la prioridad en el presupuesto federal de 2022.

Es preciso recuperar las lecciones de Felipe Ángeles, aquel general que, formado en la academia militar del viejo régimen porfirista, supo leer su lugar en los acontecimientos posteriores y actuó con gran patriotismo al no avalar el golpe de Huerta contra Madero para después  poner toda su experiencia con humildad al servicio de la causa revolucionaria y en especial de la División del Norte villista. También es esencial retomar a José Múgica, que siempre pensó en intereses colectivos y no personales, asumiendo las tareas que le exigían las circunstancias del movimiento, más allá de si estaban o no a la altura de su gran trayectoria militar y política.

Asimismo, es preciso reflexionar que hoy el ejército vuelve a ubicarse en consonancia con aquellos hombres que como Ángeles y Múgica dieron vida al ejército del Pueblo; hoy el Pueblo uniformado está del lado de la Patria, en su justo papel histórico y no de ningún oligarca. Como ha dicho el Presidente: «No olvidemos que el actual ejército nació al día siguiente de ser aprehendido el presidente Madero, aquí en Palacio Nacional, lo aprehendieron un 18 de febrero de 1913 y al día siguiente, 19 de febrero de 1913, nació nuestro ejército. Desde entonces, y por esa razón, por ese origen, los integrantes de las Fuerzas Armadas son leales a la Constitución y a las instituciones. No han pertenecido, ni van a pertenecer, estoy seguro, a la oligarquía; vienen de abajo y tienen como origen e identidad el México profundo; el soldado es pueblo uniformado y por eso nunca traicionará a su gente, nunca traicionará a la libertad, la justicia, la democracia, nunca traicionará el soldado mexicano a la patria.»

¿Por qué dos banderas surcaron el cielo este 20 de noviembre? Quizá una en homenaje a los que dieron su vida por la revolución de 1910, y otra en honor a las mujeres y hombres libres de hoy que luchan pacíficamente por una nueva transformación. Por ellos los mexicanos patriotas de ayer y hoy ondearon las banderas que contienen el escudo más hermoso de todas las banderas del mundo —que representa la riqueza y diversidad de la flora y fauna nacionales—; banderas que son también las demandas vigentes de Ricardo Flores Magón, Carmen Serdán, Francisco Villa y Emiliano Zapata, y de aquellos campesinos visionarios que dieron su vida por un México más justo, digno, soberano; con escuelas para todos sus hijos y salud para sus ancianos.

 

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