Ciudad de México a 7 diciembre, 2025, 6: 59 hora del centro.
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Dos siglos de humillación

Hernan Garza-Horizontal

Ser enemigo de Estados Unidos puede ser peligroso, pero ser su amigo es fatal.

Frase atribuída a Henry Kissinger

Cuando Mao Zedong dijo en 1949 “el pueblo chino se ha puesto de pie”, clausuraba un ciclo de cien años de dominación, invasiones, pérdidas de territorio y tratados desiguales. China emergía de su siglo de humillación con cicatrices profundas, pero con un proyecto de autodeterminación. Europa, en cambio, comenzaba al mismo tiempo su propio descenso. El siglo de humillación europeo arranca en 1944, en la conferencia de Bretton Woods, cuando las naciones del viejo continente aceptaron someterse a un orden mundial diseñado en Washington. Allí se entregó el timón de la economía global al dólar, al FMI y al Banco Mundial, instituciones que operaban como administradoras del vasallaje.

Si China pagó con sangre, hambrunas y persecuciones el precio de levantarse, Europa optó por el camino más cómodo: la dependencia. Ochenta años de subsidios la encadenaron a una tutela que hoy muestra su rostro más brutal en Turnberry: Donald Trump exhibió a Europa obligando a Ursula von der Leyen a firmar en su club de golf lo que Bretton Woods había enmascarado con diplomacia: un brutal sometimiento. Aranceles del 15% sobre sus exportaciones, seiscientos mil millones de dólares en inversiones forzadas, setecientos cincuenta mil millones en compras energéticas: la sumisión convertida en espectáculo, donde estos líderes europeos ni siquiera simularon tener soberanía.[1]

Europa lleva décadas subyugada a EE.UU. Desde la nacionalización del Canal de Suez en 1956, cuando Washington forzó la retirada de Reino Unido y Francia, hasta 1966, cuando De Gaulle intentó una defensa autónoma y fue bloqueado por la OTAN. Desde la Guerra de Irak en 2003, siguiendo a EE.UU. en una invasión ilegal, hasta el espionaje de la NSA a Merkel en 2013, sin respuesta europea. Más recientemente, con la cancelación de 12 submarinos franceses por Australia bajo presión estadounidense y el sabotaje impune del Nord Stream 2. También hoy, en Ucrania, Europa paga el costo de la guerra mientras EE.UU. lucra con gas y armas, un continente avasallado, cuyos líderes fueron a arrastrarse a la Casa Blanca a pedir apoyo para Zelensky, tras el encuentro de Trump con Putin en Alaska, donde fue recibido como Jefe de Estado.[2]

La paradoja es que Europa le ocultó esta dependencia a su ciudadanía con un Estado de bienestar solventado por el botín colonial y por migrantes de las antiguas colonias. El Plan Marshall fue el primer yugo, seguido por la OTAN, que convirtió la seguridad europea en un negocio estadounidense. Su rusofobia les llevó a rechazar el cese al fuego en Ucrania pactado en 2022 y a reemplazar el 40% del gas ruso por gas licuado estadounidense más caro, desencadenando una recesión en Alemania en 2024.[3] Dependiente de microprocesadores y de servicios digitales extranjeros, Europa no controla su tecnología, ni su futuro.

China, en contraste, caminó por la senda opuesta. Intervino en la Guerra de Corea para proteger sus fronteras, sobrevivió al cataclismo humano del Gran Salto Adelante, superó una violenta Revolución Cultural y, tras ingresar a la OMC en 2001, convirtió esa desfavorable condición asimétrica en trampolín para su desarrollo.[4] Nación marginada transformada en superpotencia emergente, que elevó a 800 millones de personas de la pobreza y construyó un ecosistema tecnológico propio capaz de desafiar a Silicon Valley y al Pentágono. Europa aceptó subsidios y renunció a la soberanía; China se sacrificó hasta el límite para recuperarla.

México enfrenta un espejo revelador en las políticas de Trump que reforman el orden mundial existente. Sus aranceles de 2025, justificados por el fentanilo y la migración, alertan sobre los riesgos de depender en un 80% de un solo mercado. Ni renegociar el T-MEC, ni pedir concesiones salvarán la soberanía. La única salida es diversificar, apostar por Asia y América Latina, garantizar soberanía energética fortaleciendo a PEMEX y CFE, fabricar minivehículos eléctricos accesibles y desarrollar semiconductores para promover movilidad sostenible y reducir emisiones, generando empleos en sectores estratégicos.

Heredero de una formidable historia de resistencias,[5] México ve en China un ejemplo de autonomía y a Europa como advertencia de sumisión. Marcando un camino donde la soberanía no es negociable, ha decidido colaborar con Estados Unidos desde la historia compartida, la alianza comercial, nuestra ineludible frontera y los lazos que unen a millones de migrantes. “Mas si osare un extraño enemigo…” es la advertencia de un pueblo que levantará la frente y asumirá el costo de ser libres, para no someterse a otro siglo de humillación.[6]



[1] En este artículo de Enrique Dussel analiza la comparación de Bretton Woods con Turnberry que hace Jamieson Greer, el Representante Comercial de Estados Unidos, hablando del nuevo orden mundial que promueve la Administración Trump.

[2] Imágenes oficiales del encuentro compartidas por la Casa Blanca en redes sociales

[3] Rusia, ya sea zarista, comunista o putinista, representa el eterno antagonista de la Europa liberal, encarnando autoritarismo, atraso y desafío al orden occidental, mientras Europa olvida agresiones históricas como la invasión de Napoleón, la ofensiva Nazi y la expansión de la OTAN.

[4] ¿Propiedad intelectual o crimen organizado? – El Soberano

[5] México ha forjado su identidad defendiendo su territorio y dignidad resistiendo traiciones internas y presiones externas desde la conquista española, la Independencia, invasiones extranjeras, la Revolución y la reciente lucha por recuperar la soberanía energética.

[6] Claudia Sheinbaum añade una frase al Himno Nacional. Tenemos mucha presidenta.  – YouTube

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