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Educar es transformar el poder

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Los libros de texto nunca han sido neutrales. La neutralidad educativa es uno de los mitos favoritos del neoliberalismo. Se nos hizo creer que la escuela debía formar individuos competitivos, “aptos para el mercado”, medidos por estándares y pruebas estandarizadas. Pero detrás de esa aparente objetividad había una visión muy concreta del mundo: éxito individual, productividad como virtud suprema y un relato histórico centrado casi exclusivamente en hombres, élites y vencedores.

Hoy el debate sobre los libros de texto vuelve a colocar la educación en el centro de la discusión pública. Y eso es saludable. Porque cuando una sociedad discute qué enseñar, en realidad está discutiendo qué futuro quiere construir.

Incorporar más mujeres en los contenidos no es una concesión simbólica. Es una corrección histórica. Durante décadas, la narrativa oficial exaltó caudillos, presidentes, empresarios y científicos varones como si fueran los únicos protagonistas del devenir nacional. Las mujeres aparecían como acompañantes, como excepciones o como notas marginales.

Esa omisión no fue casual. Fue parte de un modelo cultural que naturalizó jerarquías. El neoliberalismo no solo reconfiguró la economía; también reordenó el sentido común. Promovió la idea de que el mérito individual explica todo y que las estructuras sociales son irrelevantes. En esa lógica, la historia se vuelve biografía heroica y la desigualdad se convierte en responsabilidad personal.

Revisar los libros de texto desde una perspectiva que visibilice a las mujeres implica desmontar esa narrativa. Significa reconocer que la historia de México no la hicieron únicamente los hombres que firmaron decretos o encabezaron ejércitos, sino también las maestras rurales, las obreras, las científicas, las activistas, las madres buscadoras, las campesinas organizadas. Es ampliar el lente.

Pero hay algo más profundo. Integrar mujeres en los contenidos interpela directamente la arquitectura neoliberal de la educación. Porque si aceptamos que el conocimiento es colectivo y que las transformaciones sociales son procesos históricos amplios, entonces la lógica del “sálvese quien pueda” pierde legitimidad.

El modelo neoliberal concibió la educación como inversión privada. Cada estudiante como proyecto individual. Cada familia como unidad responsable de “acumular capital humano”. Los libros debían transmitir habilidades funcionales al mercado global, no necesariamente conciencia crítica.

Un proyecto educativo distinto entiende que educar es formar ciudadanía, no solo fuerza de trabajo. Que comprender la historia de las mujeres no es un añadido ideológico, sino una condición para entender las estructuras de poder que aún organizan la sociedad.

Además, no es menor que este debate ocurra en un momento en el que México es gobernado por una mujer. No se trata de personalizar la política educativa, sino de reconocer que cuando cambian las posiciones de poder, cambian también las preguntas que se formulan. Durante décadas se preguntó cómo crecer más rápido. Hoy se pregunta cómo crecer con justicia. Durante años se enseñó quiénes conquistaron. Hoy se pregunta quiénes resistieron.

La educación pública ha sido históricamente uno de los instrumentos más poderosos del Estado mexicano para construir cohesión social. Desde su origen, los libros gratuitos buscaron igualar condiciones en un país profundamente desigual. Hoy el reto es similar, pero más complejo: igualar también el acceso a la memoria, a la representación y al reconocimiento.

Por supuesto, ningún libro resolverá por sí solo las desigualdades estructurales. Sería ingenuo afirmarlo. Pero sí puede modificar imaginarios. Y los imaginarios moldean aspiraciones, límites y posibilidades.

El verdadero temor de quienes se oponen a estos cambios no es pedagógico. Es político. Temen que una generación que aprenda a identificar las estructuras de desigualdad cuestione también las jerarquías actuales.

Educar no es llenar cuadernos. Es formar criterio. Es enseñar que la historia no es una línea recta escrita por unos cuantos, sino un proceso colectivo lleno de disputas.

Por eso la discusión sobre los libros de texto importa. Porque en sus páginas no solo se transmiten datos. Se transmiten visiones de país.

Si queremos una sociedad más justa, más igualitaria y más consciente de sus raíces, la transformación también debe pasar por el aula. Y en esa transformación, las mujeres no son un capítulo adicional. Son parte central de la historia que por fin comienza a contarse completa.

 

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