Ha pasado 52 años y aún aquel golpe nos sigue doliendo. La asonada militar orquestada en contra del gobierno de la Unidad Popular, la coalición de partidos de izquierda que alcanzó la presidencia de Chile en las elecciones del 4 de septiembre de 1970, es una herida abierta en la conciencia de América.
Fueron menos de tres años los que se extendió de manera pacífica la llamada “Vía chilena al socialismo” como proyecto radical de justicia para los trabajadores -en ese país hermano marcado por la concentración de la tierra en manos de su propia oligarquía-. Pero, la condición necesaria para la redistribución de la riqueza fue la nacionalización de la industria del cobre concretada el 12 de julio de 1971, medida que afecto a las empresas norteamericanas como Kennecott Copper Corporation y Anaconda Copper Mining Company.
Estos fueron los intereses que se conjuntaron para hostigar por todos los medios a un gobierno emanado del voto popular que aspiraba a acabar con la desigualdad social producto de los privilegios económicos que han marcado a Chile; las oligarquías chilenas encontraron en el gobierno de Richard Nixon su tabla de salvación para conspirar desde el primer día en contra del gobierno del presidente Salvador Allende.
Aquella mañana del 11 de septiembre de 1973 las guarniciones militares de Valparaíso y Santiago se sublevaron exigiendo la salida del presidente Allende; quien atrincherado desde su despacho en el Palacio de la Moneda se dirigió a su pueblo para afirmar que nunca renunciaría a su encargo, honrando el voto de las mujeres y hombres trabajadores; exhortando a la juventud a mantener su alegría y llamando a los traidores por su nombre.
Lo que se sucede como sinfonía macabra es el bombardeo sobre la ciudad, el incendio de la sede presidencial y la persecución de cientos de militantes y simpatizantes que llenaron los centros de tortura y exterminio. Así, el sacrificio del presidente Allende marcó el inicio de la abierta represión de una de las dictaduras más cruentas de América Latina; la misma que significó la primera oportunidad para implementar la política neoliberal en un país bajo estado de sitio.
Esta historia de horror y heroísmo, junto a la calmada voz de Allende despidiéndose de su pueblo en Radio Magallanes ha marcado a varias generaciones en todo nuestro continente quienes encontramos en el ejemplo chileno la muestra palpable de como el imperialismo y la reacción son capaces de cualquier acción criminal para defender sus privilegios. Y es un recordatorio permanente que los golpes militares que acontecieron en la década de los ‘70 en todo el Cono Sur son antecedentes de las más recientes asonadas jurídicas y mediáticas que hoy protagonizan las fuerzas retrogradas y conservadoras del continente -que ya no intentan disimular su carácter fascista al atacar cualquier gobierno mininamente progresista o amenazar cualquier intento de anteponer la soberanía de los pueblos a los intereses de las elites-.
Porque es el mismo imperio que bloqueó económicamente a Chile a inicios de los años setenta, el que hoy mantiene su bloqueo criminal sobre Cuba y amenaza con armamento nuclear a Venezuela; el mismo imperio que ha apoyado a los golpistas de este siglo en Perú, Bolivia y Honduras o apoya a los gobiernos lacayos de Argentina, Perú o Ecuador, tan solo para garantizar sus intereses; al mismo tiempo que acosa y presiona a los países que asumiendo opciones de izquierda, tratan de ejercer su propio nacionalismo.
No es casualidad que, en otro 11 de septiembre, frente a la condena para el expresidente brasileño Jair Bolsonaro por su intento golpista que el mundo entero presenció cuando sus simpatizantes asaltaron los edificios públicos de Brasilia el 8 de enero de 2023; sea el presidente Trump quien retome las amenazas como política exterior abogando por quien considera un aliado cercano a su pensamiento a favor de las viejas y nuevas oligarquías del mundo.
Pero como el mismo Allende sentenció en su alocución final: “la historia es nuestra y la hacen los pueblos”; aquellas mujeres y hombre sencillos que sostienen las grandes transformaciones. Los mismos quiénes en Chile, Brasil, Argentina, Bolivia o México, han sabido sobreponerse a momentos grises y amargos. La lección ética y moral de Chile hoy se ha vuelto justicia en Brasil, y el ejemplo de Salvador Allende cunde entre quienes asumimos que el poder legítimo solo se instituye en beneficio de los necesitados.



