En un mar de morado y consignas que resuenan como un eco colectivo, la marcha del 8M en la Ciudad de México este 2026 fue, una vez más, un espectáculo de fuerza y belleza. Miles de mujeres 120 mil, según reportes oficiales tomamos las calles desde la Glorieta de las Mujeres que Luchan hasta el Zócalo, exigiendo justicia, igualdad y el fin de la violencia que nos acecha diariamente. Fue hermosa, no solo por los colores vibrantes de las pancartas y los rostros pintados, sino por el espíritu unido de generaciones enteras: abuelas, madres, hijas y hasta las más pequeñas, recordándonos que esta lucha es intergeneracional y eterna.
Durante la marcha, tuve la oportunidad de platicar con varios familiares de las víctimas de feminicidios y desapariciones. Sus historias me partieron el alma: padres como el de Esmeralda Castillo, desaparecida desde 2009, que alzaban la voz con un llamado emotivo a erradicar el machismo y a brincar por la justicia. Estas conversaciones fueron un recordatorio crudo de por qué marchamos. El 8M no es solo una fecha en el calendario, es un memorial vivo para las que ya no están, un grito por las que sufren en silencio y una demanda por un futuro donde ninguna mujer tema por su vida. La jornada transcurrió en saldo blanco, priorizando la paz y el mensaje colectivo.
En este contexto, no puedo dejar de destacar el trabajo de la Secretaría de las Mujeres con Citlali Hernandez al frente, que ha impulsado avances concretos en los últimos años. En 2025 y lo que va de 2026, se ha fortalecido el presupuesto para la igualdad sustantiva, con un Anexo Transversal 13 que alcanza los 599 mil millones de pesos destinados a programas para la igualdad entre mujeres y hombres. 10 Iniciativas como el Programa Sectorial de las Mujeres 2025-2030, que promueve la autonomía económica, una sociedad de cuidados y la participación plena de las mujeres en la toma de decisiones, muestran un compromiso real. Además, la secretaría ha firmado 28 convenios de colaboración estratégica con instituciones, universidades y empresas para prevenir y atender la violencia contra las mujeres, y ha fomentado campañas culturales contra el “amor sin violencia” en canciones populares, junto con un crecimiento en su comunidad digital y la producción de materiales audiovisuales para sensibilizar. Estos logros no son menores; son pasos hacia un país más feminista, donde las políticas públicas cierran brechas y protegen vidas.
Sin embargo, en medio de esta celebración colectiva, qué penoso fue ver cómo la alcaldesa de Cuauhtémoc, Alessandra Rojo de la Vega, quiso que todo se tratara de ella, incluso el 8M. Como siempre, tomó protagonismo marchando desde la Diana Cazadora, rodeada de trabajadoras de Cuauhtémoc y Miguel Hidalgo, convirtiendo un momento de unidad en un desfile personal. Su afán por el spotlight distrae de lo esencial: la lucha compartida, no el ego individual.
El 8M nos recuerda que, pese a los avances, queda mucho por hacer. Sigamos marchando, recordando y exigiendo. Porque juntas, somos imparables.




