Por: Plácido Morales Vázquez
Un joven analista de algún programa de televisión afirmó que debatir sobre las propuestas del Presidente López Obrador es un señuelo; dijo también que es —refiriéndose a la propuesta de reducción de plurinominales— un distractor de la atención sobre otros temas como: la seguridad pública y la pandemia. Parcialmente tiene razón el joven crítico, el Presidente —como también afirma— marca la agenda en materia de comunicación social.
Al comienzo de sus conferencias, López Obrador acuñó palabras convertidas posteriormente en conceptos a debatir: “fifí” “neoliberalismo”, “conservadurismo” y otras tantas que generaron tinta, letras y respuestas mediáticas; al concluir el proceso electoral y por los resultados en algunas plazas del país (principalmente en la Ciudad de México) el Presidente López Obrador cuestionó a la clase media y entre otros calificativos dijo: “aspiracionista”. De ahí lo retomaron como un adjetivo general para toda la clase media, ¡cuando no fue así!
El Presidente dijo que hay un sector de la clase media, “aspiracionista”, ¿a quienes se dirigió cuando les calificó con ese neologismo, tan poco escuchado pero ya tan viejo en los escritos de sociología? Seguramente a un sector compuesto por individuos a quienes llamamos “arribistas”, aquellas personas que —conociendo sus limitaciones sociales— adoptan una conducta afanosa de tener y poseer “a como dé lugar” y que, sin méritos, se colocarán arriba del sitio de donde provienen, y de ahí “pal real”.
Es propio de la condición humana aspirar, lo ideal sería la aspiración por el mérito del honor y el prestigio logrado con un esfuerzo apegado a la moral pública y comunitaria, pero no es así. Fromm dice que la neurosis del mundo contemporáneo, orilla al consumismo, soy mientras compro y una vez comprado ostento ante el vecino el coche más lujoso, el vestido más elegante. Como tal, la persona se transforma en rehén del mercado, la propaganda y el consumo que genera la competencia por poseer lo más caro y sobre ese patrón ser más exitoso, es más famoso quien tiene los bienes más costosos, convirtiéndose esto en un sistema de vida, los hijos van a la escuela más exclusiva por su precio —no por la calidad de su enseñanza— y está cifrada en el éxito, no en el desarrollo de los potenciales intelectuales y morales de la persona.
Cuando una clase, estrato o sector de la sociedad está atrapadao en ese modo de vida, el arribismo es el patrón de conducta, no el aspiracionismo que puede separarse del arribismo cuando se tiene derecho a aspirar por los méritos del esfuerzo legal, las normas cívicas y los valores morales.
Antonio Caso dijo del mexicano: “posee la facultad de concebirse distinto de cómo se es”. Le queda entonces más la condición de aspiracionista, pues al no tener los pies en la tierra de su realidad, su aspiración es fantasiosa, nunca se encontrará realmente como es y donde está en la realidad social; su complejo de inferioridad lo hará ser también imitacionista y, todavía más grave —como dijo Samuel Ramos—: la imitación extra lógica o sea el extranjerismo.
Aspirar, sí, ¡arribismo no! Lo primero es legítimo y se finca en el mérito y la moral colectiva. El anhelo de progresar es un asunto social, transita por los cauces de la libertad y la democracia; lo otro es imitacionista de lo extranjero: el patrón de vida es el éxito de poseer no de ser, el individualismo egoísta es su característica y el desprecio a lo autóctono, al color de la piel, a las tradiciones es la constante.
De las puertas del éxito, para el arribista, la política puede ser más propia para quien pretende según esta mentalidad hacerse rápidamente de fama, dinero y poder. En la burocracia-política están los principales arribistas, inescrupulosos con el poder, abyectos ante el poderoso, vacíos de ideario, despectivos ante la moral pública: así son los arribistas-aspiracionistas.
De arribistas está empedrado el camino de la vida política en México y lamentablemente cada día están más en Morena, el partido que fundó el Presidente Andrés Manuel López Obrador sobre los principios de no robar, no mentir y no traicionar al Pueblo.
Profesor de la Facultad de Derecho de la UNAM.