“El fútbol es el espejo del mundo”, escribió Eduardo Galeano. No se refería sólo a los goles o a las derrotas, sino al reflejo más profundo de nuestra historia y nuestras contradicciones. En el balón caben las pasiones más colectivas y las desigualdades más feroces. El fútbol puede hacernos vibrar como Pueblo, pero también puede volverse negocio de élites. Por eso, como toda expresión social, también es política.
Ronaldo, el brasileño, dijo que el fútbol es lo más democrático que existe porque no le niega la oportunidad a nadie. Esa idea vive en las canchas polvorientas, en los niños que juegan descalzos, en los equipos de barrio que representan mucho más que una camiseta. El problema es que lo que nació como juego del Pueblo, el capital lo convirtió en espectáculo para unos pocos. Y como ha hecho con la tierra, con el agua, con la educación y con la política, ahora también quiere arrebatarle el balón al Pueblo.
En México, el fútbol ha logrado lo que muchos gobiernos no pudieron: unir a la sociedad. Hacer que millones canten, lloren, abracen, celebren juntos. Y eso tiene poder. Por eso incomoda. Por eso quieren vaciarlo de contenido. Decirnos que “el fútbol no debe politizarse” es como decirnos que no debemos pensar mientras jugamos. Que sintamos, pero no entendamos. Que gritemos, pero no reclamemos.
Pero el fútbol no es anestesia. El opio es el silencio. El fútbol, bien entendido, es identidad, es comunidad, es memoria. Y si lo personal es político, también los balones lo son.
Como en la política, en el fútbol hay dos modelos: uno que defiende el juego limpio, la comunidad, el orgullo de pertenencia. Y otro que sólo busca el resultado, el rendimiento, el rédito financiero. César Luis Menotti lo explicó con claridad: hay un fútbol comprometido con la gente, que respeta la dignidad del juego y sus raíces populares. Y hay otro fútbol —como cierta política— que desprecia al Pueblo y se rinde ante el mercado.
Por eso es indispensable politizar el fútbol. No para convertirlo en propaganda, sino para defenderlo de quienes lo usan como fachada mientras desmantelan lo común. Politizar es recordar que el fútbol nació como espacio de encuentro, no de consumo. Que antes de los fichajes millonarios, hubo partidos entre obreros. Que antes de las marcas, hubo camisetas sudadas por puro amor al barrio.
En la Cuarta Transformación no tememos a la politización. La abrazamos. Porque sabemos que no basta con cambiar leyes: hay que transformar la conciencia. Y esa conciencia también se juega en la cancha. Si el fútbol puede generar identidad, entonces también puede generar organización. Y si puede movilizar millones, también puede despertar una nación.
No es el Mundial en términos mercadológicos lo que nos importa, sino en términos sociológicos. Somos un Pueblo donde el barrio y el fútbol son tan símiles como el voto y la democracia. Y cuando el Pueblo entra a la cancha, cambia el marcador. Porque en el barrio, como en las urnas, cuando el Pueblo mete gol, se mueve la historia.
La 4T también juega. Juega distinto. No al individualismo, sino al pase solidario. No al resultado a cualquier precio, sino al proceso colectivo. Si los de arriba se quedan con el balón, lo recuperamos desde abajo. Y si no nos dejan jugar, hacemos otro torneo, con otras reglas, con otra historia. Así, paso a paso. Partido a partido —como bien lo dice el Cholo Simeone.
Porque el fútbol es mucho más que 90 minutos. Es lo que pasa antes y después del silbatazo. Es lo que se construye en la tribuna, en la colonia, en la memoria popular. No es sólo pasión: es también lenguaje, resistencia, trinchera.
Y como el Pueblo, el fútbol no se rinde.
Partido a partido, vamos construyendo una nueva historia. Una historia donde el balón no es propiedad de unos cuantos, sino herramienta de dignidad. Una historia donde, como en la Cuarta Transformación, el Pueblo siempre sea el centro del juego.




