Seguramente en unas semanas, Enrique Krauze podría perfectamente escribir una columna de opinión comparando las protestas de la comunidad estudiantil del CIDE con los jóvenes que buscaron la autonomía universitaria por aquel año de 1929, con un argumento sesgado y caricaturesco en donde señale por qué la ciencia debe estar lejos de un supuesto ‘’poder político’’; argumento que, en todo caso, sería falaz y con una tes hipócrita, debido a que todos estos intelectuales orgánicos del viejo régimen de la transición, por más golpes de pecho que se dieran de autonomía o imparcialidad, vivían a la merced de los vendepatrias.
El CIDE, como en cualquier proyecto político que busca ser hegemónico, fue un efecto y consecuencia de implementar un régimen neoliberal en el país. Todo proyecto político necesita un respaldo intelectual, y centros de investigaciones como este o el ITAM se encargaron de darle el sustento teórico de lo que llamaron tecnocracia, o más bien, a una política sin adjetivos para dejar de lado el sentido social y enfocarse en los datos, cifras y ficciones que vendieron como realidades. Si bien en sus inicios pudo haber tenido un enfoque keynesiano, es una realidad que el CIDE no es otra cosa más que un ITAM pero financiado —tristemente— por el erario público.
¿Por qué tristemente? Las estadísticas nos demuestran que la gran mayoría de los que ingresan al CIDE provienen de las escuelas privadas más exclusivas del país; los estudiantes en su mayoría son hijos de funcionarios con apellidos rimbombantes. Esto está lejos de presentar una apertura al Pueblo, dándole acceso a las masas a sus instalaciones y a una biblioteca que —debo reconocer— es bastante completa, con lo más nuevo de la ciencia política… Ingresar al campus siendo un simple mortal es prácticamente imposible. Todo esto es financiado con los impuestos de las personas trabajadoras de este país, quienes en su mayoría carecen de los servicios básicos que fueron privatizados por los neoliberales.
Ahora que el proyecto de la Cuarta Transformación ha llegado a trastocar los privilegios del CIDE, sus estudiantes y algunos profesores —acostumbrados al viejo régimen de privilegio—, más que crear un movimiento que genere una mayor apertura a la movilidad social, han configurado una agenda que se basa en conservar sus privilegios. Sus estudiantes entonan cánticos de protesta en las calles, los acompaña cierta estética de movimiento social, postulan manifiestos y pliegos petitorios, pero en el fondo este colectivo de protesta tiene un tenor reaccionario frente a un cambio de régimen que está barriendo los privilegios de arriba hacia abajo y que pone sobre la mesa que no tiene caso seguir un modelo que con el erario solo beneficia a los de arriba.
Frente a esta coyuntura, es necesario ganar el espacio del CIDE. Darle un nuevo contexto a la ciencia del país es sustancial para consolidar la transformación que queremos; es una obligación conquistar los espacios científicos del país, para que ya no esté al servicio de los poderes oligárquicos y pueda servir a las mayorías. Les molestó a estas mismas élites que les quitáramos el Fondo de Cultura Económica, pero mejor que se acostumbren a que ya es hora del Pueblo y que tendrá el mismo piso parejo el hijo del obrero que el joven cuya mayor preocupación es saber si su comida es gluten free.



