La operación cóndor invadiendo mi nido, perdono pero nunca olvido…
América, Los Tigres del Norte
En los años 70, la Operación Cóndor fue el rostro más crudo de la injerencia estadounidense en América Latina. Bajo el pretexto de frenar el avance del comunismo, Washington coordinó junto a dictaduras militares del Cono Sur una red de represión, desapariciones y asesinatos que dejó cicatrices profundas en países como Chile, Argentina, Uruguay y Brasil. Fue una guerra silenciosa, pero brutal, que consolidó regímenes autoritarios bajo el auspicio de la Casa Blanca.
Hoy, medio siglo después, los métodos han cambiado, pero la lógica de intervención persiste. La reciente firma secreta de una orden ejecutiva por parte de Donald Trump —que autoriza al Pentágono a intervenir militarmente contra cárteles latinoamericanos considerados “organizaciones terroristas”— revive el fantasma de la extraterritorialidad armada. Aunque México ha asegurado que no permitirá tropas extranjeras en su territorio, el mensaje es claro: Estados Unidos se reserva el derecho de actuar unilateralmente si considera que su seguridad está en juego.
En paralelo, la recompensa de 50 millones de dólares por la captura de Nicolás Maduro, acusado de liderar el Cártel de los Soles y de colaborar con redes de narcotráfico como el Tren de Aragua, marca un récord en la política de recompensas del Departamento de Estado. Más allá de las acusaciones judiciales, el gesto tiene una carga simbólica: convertir a un jefe de Estado en objetivo militar y judicial, como si se tratara de un capo más.
Este endurecimiento coincide con tensiones comerciales que evocan la diplomacia coercitiva de otras épocas. La imposición de aranceles del 50% a productos brasileños como café y carne, en aparente represalia por la persecución judicial contra Jair Bolsonaro, ha encendido las alarmas en Brasilia. Lula da Silva denunció la medida como una agresión a la soberanía nacional, mientras China e India se alinean en defensa del libre comercio. El conflicto no solo afecta la economía brasileña, sino que revela cómo EE. UU. usa el comercio como herramienta de presión política.
En este tablero, Gustavo Petro ha adoptado una postura crítica y desafiante. El presidente colombiano ha denunciado la “doble moral” de Washington, que por un lado exige cooperación antidrogas y por otro impone medidas unilaterales sin diálogo regional. Petro ha llamado a una nueva arquitectura latinoamericana basada en la soberanía, la justicia climática y la integración económica, alejándose del tutelaje estadounidense.
El contraste con la Operación Cóndor es revelador. Si entonces los gobiernos latinoamericanos eran cómplices o subordinados, hoy algunos líderes —como Sheinbaum, Petro y Lula— buscan resistir y reconfigurar el equilibrio. Sin embargo, la presión sigue siendo real, y la amenaza de intervención militar, recompensas millonarias y sanciones comerciales demuestra que el poder estadounidense no ha abandonado su vocación hemisférica.
La pregunta es si América Latina está preparada para enfrentar esta nueva versión del intervencionismo con unidad, o si volverá a fragmentarse ante las presiones externas. Lo que está en juego no es solo la soberanía, sino el futuro de una región que aún busca reconciliarse con su historia.




