Hay días en los que uno enciende la televisión, sintoniza la radio o navega por las redes esperando encontrar en los debates del Congreso una discusión seria, inteligente y respetuosa sobre los grandes temas que aquejan a México. Pero lo que vemos con frecuencia dista mucho de eso. Lo que presencia la ciudadanía —cada vez con más desánimo— no es un debate parlamentario, sino una puesta en escena grotesca: gritos, altavoces, tijeras, pancartas, descalificaciones e insultos cruzados entre legisladores de todos los colores. Un circo. Un espectáculo.
En lugar de ver a representantes comprometidos con el bienestar de sus electores, lo que asoma es la frivolidad más preocupante: la lucha por ver quién grita más fuerte, quién logra más segundos en la nota de la noche, quién se vuelve viral en redes sociales. El reflector, no la razón, se ha convertido en el objetivo. La estridencia ha desplazado al argumento. Y con cada episodio de esta comedia de mal gusto, la política se aleja un poco más de la ciudadanía.
Lo más triste es que los legisladores parecen no darse cuenta —o no les importa— que sus espectáculos no solo ridiculizan al Congreso, sino que erosionan la confianza pública en las instituciones. En tiempos en los que la polarización social es preocupante, el Congreso debería ser ejemplo de civilidad, no un campo de batalla de egos.
Sin embargo, aún están a tiempo. A tiempo de recuperar la dignidad del debate. A tiempo de entender que no se trata de opinar, sobre todo, ni de imponer la voz más fuerte, sino de escuchar, analizar, construir y disentir con respeto. La democracia no se sostiene con memes ni con frases huecas gritadas al micrófono, sino con argumentos, diálogo y responsabilidad.
Ojalá al menos sus coordinadores parlamentarios —quienes deberían ser faros de orden— ejerzan el liderazgo que se espera de ellos. Ojalá hagan entender a sus bancadas que el país no necesita más actores de espectáculo, sino representantes a la altura de la complejidad de México.
Todavía hay margen para corregir el rumbo, pero el tiempo no es infinito. La sociedad observa, juzga… y se cansa.





