Gobernar y transformar al mismo tiempo.
Delfina Gómez Álvarez, la primera mujer en gobernar el Estado de México, asumió el poder en 2023 con un contundente respaldo popular. Atrás quedó el amargo recuerdo del presunto fraude en 2017, cuando la coalición del PRI y el PVEM la relegó al segundo lugar por un estrecho margen. En 2023, su triunfo no solo marcó una ruptura histórica con más de nueve décadas de gobiernos priistas, sino que también representó el anhelo de millones de mexiquenses por cambiar el rumbo de un estado profundamente marcado por la desigualdad, la corrupción y el abandono institucional.
Los primeros meses de su administración han sido, como era de esperarse, complejos. Gobernar el Estado de México es como administrar varios países a la vez: desde las zonas más exclusivas del Valle de México hasta comunidades rurales donde aún faltan servicios básicos. El contraste es brutal. Décadas de gobiernos que priorizaron el clientelismo, el beneficio personal y el control político sobre el bienestar social dejaron una entidad fracturada, compleja y profundamente desigual.
A pesar de las dificultades, Delfina Gómez ha comenzado a mostrar resultados. Quizás no al ritmo que muchos esperaban —ni ella misma—, pero sí con pasos firmes en áreas como el combate a la corrupción, la mejora de los servicios públicos y un acercamiento directo con la ciudadanía. Su estilo austero y cercano, forjado en su trayectoria como maestra y funcionaria pública comprometida, ha generado simpatía en sectores tradicionalmente olvidados. Sin embargo, los rezagos son tan profundos que revertirlos requiere más que voluntad: se necesita unidad y una visión a largo plazo.
Aquí radica uno de los principales desafíos políticos de la gobernadora. Aunque cuenta con un equipo de colaboradores que en su mayoría comparte su compromiso con la transformación del estado, también enfrenta resistencias internas. No faltan aquellos que, desde los primeros días de esta administración, comenzaron a operar pensando en su próxima candidatura. Algunos presidentes municipales, legisladores locales y federales, e incluso integrantes de su gabinete, han antepuesto su ambición personal al interés colectivo. Están más preocupados por construir estructuras que les aseguren un lugar en 2027 que por cumplir con las responsabilidades que hoy tienen en sus manos.
Este escenario plantea una pregunta crucial: ¿cómo lograr que todos los actores del movimiento de la Cuarta Transformación en el Estado de México trabajen en un mismo sentido y al ritmo de la gobernadora? ¿Cómo evitar que el proyecto de transformación se diluya en medio de disputas internas y cálculos electorales anticipados?
La respuesta no es sencilla, pero es posible. Requiere liderazgo, sí, pero también disciplina política y un firme compromiso con los principios que dieron origen a Morena. Implica, además, que Delfina Gómez convoque —con autoridad moral y política— a una gran alianza dentro del movimiento, donde cada actor entienda que, antes de pensar en el futuro, hay que resolver el presente.
Si se logra articular esta unidad, si los liderazgos locales comprenden que su verdadera fortaleza radica en dar resultados, en ser honestos y en responder a la ciudadanía, el Estado de México podrá avanzar con mayor velocidad hacia una transformación real y profunda. Una transformación que no se quede en el discurso, sino que se sienta en las calles, en las escuelas, en los hospitales y en cada hogar mexiquense.
Delfina Gómez tiene el reto de su vida, pero también la oportunidad de dejar una huella indeleble en la historia política del país. Para ello, necesita no solo gobernar, sino construir, desde ahora, una nueva cultura política donde el servicio público vuelva a significar lo que su nombre indica: servir al Pueblo, no servirse de él.



