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El elogio incómodo de Marco Rubio

postal PP horizontal Frank Aguirre

El senador Marco Rubio, hoy convertido en Secretario de Estado del gobierno de Trump 2.0, llegó a México con una frase que hizo ruido: “los últimos ocho meses han sido los más productivos en la historia de la cooperación en seguridad entre nuestros países”. Con esas palabras, elogió a la presidenta Claudia Sheinbaum y puso sobre la mesa un reconocimiento que no es gratuito ni inocente. Porque cuando un halcón de la política estadounidense aplaude, conviene detenerse a leer entre líneas.

Marco Rubio no es un diplomático cualquiera. Representa a la línea más dura del trumpismo, la que siempre ha visto a América Latina bajo la óptica de la subordinación y la amenaza. Su historia política está marcada por discursos agresivos contra Cuba, Venezuela, y también hacia México. Que hoy se declare “contento” con la cooperación de México abre una pregunta inevitable: ¿qué gana Estados Unidos con este reconocimiento?
La respuesta es clara: busca legitimar un esquema de seguridad que, si no se cuida, puede convertirse en el viejo modelo de subordinación disfrazado de “alianza”.

La presidenta Sheinbaum ha dejado claro que la cooperación en seguridad no significa sumisión. Su apuesta es una relación de iguales, basada en el respeto a la soberanía. Y lo ha dicho sin titubeos: México no será patio trasero de nadie.
Los resultados hablan: 55 extradiciones en ocho meses, coordinación en materia de inteligencia, fortalecimiento de la frontera sin entregar la dignidad nacional. Sheinbaum se mueve en la cuerda floja entre la presión estadounidense y la necesidad real de combatir al crimen organizado que azota a ambos lados de la frontera. El reconocimiento de Rubio es también un reflejo de que, por primera vez en mucho tiempo, Estados Unidos entiende que no puede avanzar sin la cooperación de un México fuerte, digno y con liderazgo propio.

Pero cuidado. El aplauso de Washington suele traer factura. No olvidemos el Plan Mérida: toneladas de dinero y armas que sólo fortalecieron la violencia y la corrupción en México. En nombre de la cooperación, se justificaron intervenciones que mancharon de sangre nuestra historia reciente. La diferencia hoy radica en que el gobierno mexicano ha colocado una línea roja: cooperación sí, injerencia no. México colabora, pero bajo sus propios términos, con la soberanía como principio y la dignidad como límite.
El reconocimiento a Claudia Sheinbaum no puede medirse solo en extradiciones o en acuerdos de frontera. Su visión de seguridad va más allá: atender las causas, combatir la desigualdad, fortalecer la justicia, acabar con la impunidad local, devolver a los jóvenes oportunidades que antes les fueron negadas. Ese es el verdadero punto de quiebre frente al modelo estadounidense centrado únicamente en lo punitivo y militarista. Sheinbaum ha entendido que sin justicia social no habrá seguridad duradera.

Marco Rubio quiso halagar. Lo que no dijo es que, por primera vez en décadas, la relación bilateral no se basa en el sometimiento, sino en el respeto mutuo. Y ahí está la clave: México coopera porque decide, no porque se le impone. El reto será mantener ese equilibrio, blindar nuestra soberanía y evitar que los halagos se conviertan en cadenas. Porque la lección histórica es clara: cuando Estados Unidos aplaude demasiado, México debe estar más alerta que nunca.
Al final, lo que vale no es el elogio de Rubio, sino la confianza del pueblo mexicano en la soberanía con visión, y la estrategia bilateral de su presidenta.

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