junio 12, 2021

Pluma Patriótica

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martes, 9 marzo, 2021
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El Estado administra la violencia

El Estado tiene el monopolio legítimo de la violencia; esto significa que puede echar a andar un aparato que se despliega de diferentes maneras. Concretamente, el Estado moderno como lo conocemos, en principio, está hecho para proteger los intereses de la burguesía; sin embargo, la complejidad de la realidad social y política de las diferentes sociedades contemporáneas exige colocar matices en nuestros análisis.

El sistema hegemónico en sí mismo es violento en sentido amplio. El Estado, como parte de ese sistema, ejerce violencia en distintos contextos y niveles. A lo largo de la historia han existido respuestas contra el aparato estatal por parte de los grupos oprimidos y no, no han sido pacíficas. Las guerrillas, los grupos insurgentes, la acción directa y las revoluciones son vías violentas para resistir y combatir la injusticia. En muchas ocasiones, esos medios son un fin en sí mismo; si no estamos de acuerdo, esa es otra discusión.

Es decir, si se usa en abstracto el concepto de violencia parece siempre como algo condenable. Sin embargo, cuando esa violencia la ejerce el oprimido en contra del opresor se presenta como un mecanismo para modificar las condiciones materiales de existencia de quienes siempre han sido doblegados. Ejemplos hay muchos, en diferentes latitudes y épocas.

Ahora, los movimientos populares que han decidido ir por la vía pacífica para tratar de cambiar la realidad social, política y económica de los más desfavorecidos encuentran en el Estado una herramienta fundamental para transformar dicha realidad. Es un proceso largo que pasa por la organización y el asalto democrático al aparato estatal con el fin de que opere a partir ciertas directrices establecidas por quienes llegan a controlar ese poder.

Eso no resuelve el problema que implica la administración del Estado; por el contrario, hace más evidentes las contradicciones y limitaciones que existen. Es decir, la decisión de conducir un proceso de cambio a través de este camino necesariamente lleva a cometer errores de todo tipo. 

Los ejemplos son muy útiles para entender esto. Lula da Silva, Cristina Fernández, Evo Morales y Rafael Correa son líderes que optaron por la vía pacífica y lograron cambios muy importantes en sus países a partir de la conducción del Estado, pero luego fueron perseguidos por el aparato que ellos mismos administraron. ¿Sus gobiernos cometieron errores? Sin duda, muchos como parte inevitable de navegar en ese mar de límites, tensiones y contradicciones que conlleva impulsar una transformación dirigida hacia una realidad más justa dentro de un sistema injusto y violento per se. Luego llegaron otros personajes deleznables al poder y modificaron el sentido de muchas decisiones previamente tomadas y sostenidas en el tiempo.

¿Importa quiénes administran el Estado? Sí. 
¿Es suficiente para evitar todo tipo de violencia? No. 
¿Es necesario para cambiar la realidad de millones? Sí.

El reto para los movimientos populares que han decidido tomar el cielo por asalto de manera pacífica es procurar que las constantes tensiones de una realidad social y política compleja no desdibujen y opaquen la lucha emprendida por la igualdad y la justicia. 

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