El imperio de la censura

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El imperio de la censura

Por Kenia Antuna | miércoles, 13 de enero del 2021.

El asalto al Capitolio con la imagen de un hombre disfrazado y semidesnudo fue el blanco perfecto para ponerle rostro a los llamados grupos extremistas; las imágenes de los incendios y manifestaciones fueron difundidas en todo el planeta por las principales cadenas de televisión. Por primera vez en la historia contemporánea ardía la “democracia ejemplar” del mundo y el responsable era nada menos que su presidente. La BBC, por ejemplo, se atrevió a decir con cierta nostalgia que: “El mundo enfrenta crisis agudas como la pandemia y el cambio climático y, bajo la supervisión de Trump, Estados Unidos simplemente no ha cumplido su deber”, lo que insinuaba que EE.UU. ha incumplido con su función de policía del mundo. Acto seguido, Trump fue bloqueado de las principales plataformas: Facebook  y Twitter. Los dueños de estas, cuidadosos de su imagen de genios relajados y neutrales, esconden el verdadero peligro de ser responsables de un imperio de información, no sólo para manipulación individual y colectiva, sino para servir a intereses trasnacionales. Este acto -a todas luces de censura- provenía de un poder que ni siquiera fue votado: una empresa sin regulación que tiene información sustancial de personas y gobiernos. Sin embargo, la reacción fue aplaudir y difundir los peligros del populismo, para así distraer la atención del fondo del asunto: ¿por qué una empresa debería certificar qué es verdad y qué es mentira? ¿Por qué la decisión de proclamar qué es peligroso para una democracia recae en empresarios?

Los grupos conservadores coreaban que “afortunadamente en México está el INE que nos ha costado mucho” como si ellos hubieran puesto los muertos que ofrendaron su vida para la transformación democrática de México y el fin en sí mismo fuera el edificio del INE, o como si la reforma electoral más importante del conteo de votos emanada del movimiento obradorista y su consigna “voto por voto, casilla por casilla” hubiesen sido resultado de sus foros y no de los millones que marcharon y se organizaron para conquista de sus derechos.  

Estos grupos conservadores han aprovechado la situación: encontraron un enemigo en común llamado populismo. Al ver que el cuento de la supuesta intromisión rusa en las elecciones no dio resultado, ahora se posan en la coyuntura para advertir que tendríamos el mismo destino que EE. UU. si el INE dejaba de obtener su millonario presupuesto. Los mismos que idearon el sistema que permitió a Fox intervenir con dinero público en la elección del 2006 y ayudó a fraguar el fraude electoral con todas las inconsistencias probadas, son quienes vienen a prevenirnos sobre los riesgos de una conferencia de prensa en la cual el expositor no hace un monólogo, sino un debate de ida y vuelta. 

Si bien son necesarios los criterios electorales y métodos para solventar diferencias, el arbitraje por ningún motivo debe ser juez y parte de la disputa democrática. Aunque legalmente las funciones del INE no terminan el día de la votación, la prohibición de las mañaneras es a todas luces cargar los dados a favor de la oposición. 

La alta politización en esta época es más que evidente. La discusión va en aumento por las redes sociales y también es reflejo del interés y la democratización de los asuntos públicos. Durante el régimen neoliberal, el monopolio de la palabra era de los “opinadores” que cobraban bien por hablar a favor los grupos de intereses creados, de una mafia corrupta que estaba en el poder y que no perdía su honorabilidad gracias a estos comentaristas. De este sistema no sólo se beneficiaban los oligopolios de la comunicación, instituciones como el INE, y su máximo órgano de toma de decisiones -el Consejo General-, sino que era resultado de las cuotas partidistas que entraban en el juego de la “cooperación sin radicalismos”. Se trataba de sistemas que se alimentaban mutuamente: un órgano “autónomo” que validaba fraudes a cambio de millonarios montos de operación y un conjunto de comentaristas que los legitimaban a cambio de dinero público. 

El proceso de instrucción democrática fue el asalto de millones de personas que han usado todos los medios para la organización política y social. Fueron ellas quienes  lograron que el debate público, se hiciera cada vez más público. El Presidente sin duda ha sido un activo para que esto fuera posible, si no ¿cómo hubiera sido posible que se socializaran temas como el huachicoleo masivo desde años anteriores, la digna posición de México ante la amenaza arancelaría de Trump, o los altos sueldos de los funcionarios? Como nunca, estos asuntos de relevancia nacional fueron discutidos en los mercados, en las calles y en el transporte público. No fue gracias al INE, pero sí a las mañaneras. En el fondo, lo que causa molestia a los medios es no cobrar por hacer un filtro a la sociedad de lo que consideran relevante: las mañaneras se convirtieron en el centro de la agenda pública entre gobierno y sociedad, sin intermediarios.  

Ahora que está de moda la censura no tardarán en advertir que el Presidente con mayor votación en la historia es un peligro para México. El verdadero peligro es que el árbitro electoral actúe a favor de la oposición y de las empresas de los medios de comunicación. Hacerlo en tiempos de pandemia además es criminal; por la experiencia histórica e internacional, corresponderá de nuevo al Pueblo organizado defender el derecho a la información y a la libertad de expresión. El INE ignora que este atropello no se resolverá en el escritorio ni en las redes sociales sino en las calles; aunque intenten minimizarlo, la insurrección democrática que encabeza el Presidente está en los millones que respaldan su gestión. El extremismo no está en el sujeto destruyendo el Capitolio sino en poner a toda una institución que hace arbitraje electoral a disposición de los grupos oligárquicos. El extremismo del INE al actuar a favor de los intereses de grupo pone al descubierto su militancia conservadora. 

Por Kenia Antuna | miércoles, 13 de enero del 2021.

Kenia Antuna

Servidora del Pueblo, politóloga por la UNAM, militante de izquierda. Aprendiz del General Lázaro Cárdenas y del Presidente Andrés Manuel López Obrador.

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