En los últimos años, el escenario político global ha sido testigo de un giro drástico hacia posturas de una derecha radical que ha convertido la movilidad humana en su principal enemigo. Lo que antes se discutía bajo términos de gestión administrativa o seguridad nacional, hoy se ha transformado en un discurso cargado de racismo, clasismo y xenofobia, donde el migrante no es visto como un ser humano en busca de oportunidades, sino como una amenaza existencial para la identidad de las naciones.
La política del miedo en «el país del norte»
En ese país del norte, la retórica antimigrante ha alcanzado niveles de hostilidad sin precedentes. Bajo la influencia del presidente anaranjado, se ha consolidado una visión que criminaliza la búsqueda de asilo y deshumaniza a quienes cruzan sus fronteras. Las políticas implementadas no solo buscan restringir el acceso físico mediante muros o despliegues militares, sino que pretenden erosionar la dignidad del individuo.
Este enfoque es profundamente clasista y racista, ya que las restricciones no afectan por igual a todos los extranjeros; se ensañan particularmente con aquellos provenientes del sur global, con personas de color y con quienes carecen de recursos económicos. Para la derecha de ese país, la migración es presentada como una «invasión», un término diseñado para evocar una respuesta bélica en el electorado y justificar la suspensión de derechos fundamentales.
En España VOX y la retórica de la «remigración»
Cruzando el océano, el panorama no es distinto. En España, el partido VOX, liderado por Santiago Abascal, ha radicalizado el discurso público al asociar directamente la inmigración con la pérdida de identidad nacional y la inseguridad. Un ejemplo claro de esta agresividad se refleja en la comunicación directa de sus líderes. Recientemente, Abascal publicaba en sus redes:
«¡500.000 ilegales! El tirano Sánchez odia al pueblo español. Quiere sustituirlo. Por eso pretende promover el efecto llamada por decreto, para acelerar la invasión. Hay que detenerlo. Repatriaciones, deportaciones y remigración.»
Este mensaje condensa los pilares de la derecha antimigrante:
La Teoría del Reemplazo: La idea paranoica de que las élites políticas buscan «sustituir» a la población nativa por extranjeros.
Deshumanización: El uso de cifras y términos como «invasión» para anular la historia personal de cada migrante.
Remigración: Un concepto alarmante que sugiere no solo detener nuevas llegadas, sino expulsar a quienes ya forman parte de la sociedad, un eufemismo que roza la limpieza étnica o social.
Racismo y Clasismo: Los motores del odio
Las políticas de derecha son inherentemente xenófobas porque asumen que lo «ajeno» es inferior o peligroso. Sin embargo, el componente de clase es vital: el migrante con capital es bienvenido como «inversionista», mientras que el migrante trabajador es estigmatizado. El racismo subyace en la selección de quién «encaja» en el país; se prefiere a quien comparte rasgos fenotípicos o religiosos, marginando a quienes provienen de culturas africanas, árabes o latinoamericanas.
La paradoja, ¿Es compatible ser migrante y de derecha?
Uno de los fenómenos más desconcertantes es la existencia de migrantes que apoyan estas corrientes de derecha. Sin embargo, un análisis riguroso revela una incompatibilidad ideológica y vital profunda.
Ser migrante y apoyar a la derecha implica, en muchos casos, votar contra la propia existencia y la de su comunidad. Estas plataformas políticas proponen leyes que limitan el acceso a la salud, la educación y la regularización, herramientas de las que el migrante depende para su integración. El migrante de derecha suele caer en la trampa del «migrante de bien», creyendo que su estatus o su esfuerzo lo exime del odio generalizado. No obstante, para los líderes de estas facciones, la distinción entre «legal» e «ilegal» es solo una herramienta retórica; en el fondo, su rechazo es hacia el «otro», sin importar su documentación.
La derecha actual no busca soluciones al fenómeno migratorio, sino que utiliza al migrante como un chivo expiatorio para canalizar el descontento social por problemas que ellos mismos suelen exacerbar, como la desigualdad o la precariedad laboral. Enfrentar estos discursos es esencial para preservar una sociedad que se pretenda humana y democrática.



