El límite emocional de dedicarse a la Medicina

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El límite emocional de dedicarse a la Medicina

Por Yoalli Palma | jueves, 08 de abril del 2021.

El límite emocional de dedicarse a la Medicina 

Hace cerca de doce años cursaba el Internado Médico de Pregrado y, un sábado en la mañana, al salir de una guardia en el servicio de Pediatría, vi a una joven madre junto con dos mujeres traer a un bebé de semanas de nacido a valoración. Al ser cambio de turno, estaba entregando pendientes a mis compañeros, pero pude escuchar a distancia la historia de esta familia:  las enviaron de Morelos porque una parte del estómago del bebé no se había formado bien y requería una cirugía. Oí bien como la adscrita le decía que “no había tiempos quirúrgicos en el hospital, pero que acudieran a otro a valoración”. Ellas peguntaron la dirección y les contestaron con un apresurado “tome el metro o que la Trabajadora Social le explique cómo llegar”. Recuerdo haber salido incómoda. No es fácil ir a otra ciudad y menos si tienes una urgencia médica.   Pensando en eso, salí a la calle porque mis papás me esperaban y, al subirme al auto, pude ver por el retrovisor a las tres mujeres viéndose entre ellas con el bebé en brazos y decidiendo cómo partir en busca de otra opción hospitalaria.  Rápidamente les dije a mis padres que si las llevábamos a un hospital; como siempre, me dijeron que sí sin preguntar la razón. Les ofrecí llevarlas y como en ese momento no había covid-19, íbamos 7 personas en un pequeño auto, oyendo la historia de cómo el bebé había enfermado y lo impactante que era para dos de ellas pisar por primera vez la Ciudad de México. Llegaron a su destino y les pedí su celular para saber el resultado en el bebé. Recuerdo su amable sonrisa despidiéndose y agradeciéndome el aventón.

Dos días después, al estar nuevamente de guardia, me llegó un mensaje de texto donde me decían que el bebé había sido operado con éxito y con júbilo les conté la historia a uno de mis compañeros para recibir un frío “no debes involucrarte tanto, es patológico”. Él es hijo de dos médicos y es una de las mejores personas que conozco. Sé que lo dijo porque su cercanía con estas experiencias médicas era mayor a la mía; sin embargo, me hizo reflexionar mucho esos días.

¿Cuál es el límite para involucrarse con una paciente? ¿Quién tiene la respuesta a esa pregunta? ¿Cuándo debes salirte de lo que te toca por lo que se necesita? Legalmente, en la medicina pública es muy fácil deslindarte por las típicas ‘no hay material’, ‘no hay camillero para transportar a la paciente’ o ‘ya acabó mi turno’ y, al mismo tiempo, es imposible compensar un sistema de salud carente de necesidades básicas. Retomando la plática con mi amigo, me explicaba que la gente no siempre es agradecida, que no me podía exponer a subir a desconocidas a mi auto y que no podía hacer eso con todas las pacientes porque sería humanamente imposible. Sus argumentos sonaron lógicos pero mi estabilidad emocional no hubiera estado tranquila de haberme ido del hospital a dormir después de 24 horas de no hacerlo.  Ahora, después de una década de dedicarme a la medicina, estoy segura de que, si todos diéramos un poco más de lo que nos toca, se paliarían muchas deficiencias del sistema médico. 

Hace dos años, la vida me lo corroboró cuando llevé a mi abuelo al IMSS y le tomé las placas en un lugar diferente, por lo que cuando la doctora vio que no aparecían digitalmente en el expediente, me dijo que no me haría el pase de referencia hasta que le trajera las placas adecuadas. Le intenté explicar que mi abuelo tenía 93 años y que lo trasladaba en silla de ruedas, por lo que no era fácil llevarlo, además de conseguir los permisos en la escuela que requería para volver a asistir. Sin embargo, fueron argumentos inútiles ante su lógica de que si no estaba la imagen en la pantalla era humanamente imposible hacer un papel para enviarlo al ortopedista. Entre rabia y frustración me salí del consultorio, cuando —intempestivamente— otra doctora que había presenciado todo porque se metió al cubículo al recoger unas impresiones me dio un CD y me indicó acudir al servicio de Radiología para que me grabaran las imágenes para pasarlas al expediente y poder hacerme la hoja de referencia. Así lo hice y en menos de 10 minutos ya tenía la cita con el especialista, además de mucha incredulidad y agradecimiento por lo que una extraña acababa de hacer.

Creo que ese extra que no nos corresponde —pero que sí nos toca— se debería aplicar a todas las áreas, pero en especial a la médica, por la vulnerabilidad que provocan las enfermedades. Cada una conoce su límite, porque al final buscas poder ayudar dentro de tus posibilidades a tus congéneres, sobre a quienes tienen más dificultad para obtener una atención de calidad. Y escribo ‘conocer el límite’ porque son acciones personales que no son retribuidas más que con agradecimiento —o incluso ni con este—, pero siempre se quedará la convicción de que mejoraste de manera altruista.

Quizá para algunos estuvo mal subir a aquellas mujeres al coche de mis papás: nunca lo sabré. Lo que sí sé es que hoy ese niño tiene doce años, que este país es desigual y brutal, que el sistema de salud tiene años de retraso… Pero también tengo muy claro que hay médicas, enfermeras, técnicos de la salud, camilleros, administrativos, guardias y afanadores que dan ese extra todo el tiempo y gracias a ellos muchos mexicanos pueden acceder a la salud o a algo de ella. Todes han sido, mucho antes de la pandemia, la primera línea para defender la salud de un país acechado por las enfermedades. 

Por Yoalli Palma | jueves, 08 de abril del 2021.

Yoalli Palma

Yoalli Palma. Cursó la carrera de Medicina en la UNAM y la Especialidad de Gineco-obstetricia y subespecialidad de Medicina Materno Fetal en el Instituto Nacional de Perinatología. Apasionada del yoga y enemiga de planchar batas blancas.

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