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El miedo es a la juventud y somos mayoria

La marcha del 6 de diciembre no solo fue un acto de presencia pública; fue un momento político que dejó expuesta la incomodidad que genera ver a los jóvenes tomando postura. Ese día, miles de personas, especialmente jóvenes, salieron a las calles para respaldar a la presidenta Claudia Sheinbaum y para demostrar que entienden perfectamente la responsabilidad histórica que están asumiendo. No fue espontaneidad ni ocurrencia. Fue una decisión política consciente en un país donde, por décadas, la juventud fue invisible, usada como discurso pero nunca como sujeto político real.

Sin embargo, esa misma noche, las redes sociales y algunos sectores opositores se apresuraron a reducir la presencia de miles de jóvenes a una sola palabra: “acarreados”. Una palabra que no solo es injusta, sino violenta. Una palabra que no describe una realidad, sino un prejuicio: la idea de que los jóvenes no piensan, no deciden, no entienden y solo siguen instrucciones. Lo que esa narrativa revela no es un análisis, sino un miedo. Miedo a que los jóvenes tengan claridad ideológica, miedo a que estén dispuestos a defender un proyecto político, miedo a que comprendan que la democracia también se sostiene en las calles.

El 6 de diciembre confirmó que existe una generación que ha dejado de ser espectadora. Una generación que creció entre desigualdades, crisis económicas, violencia, corrupción y gobiernos que cerraban espacios en vez de abrirlos. Para muchos, este país no les ofrecía oportunidades ni futuro. Fueron décadas en las que los jóvenes importaban solo como cifra, como promesa, como “futuro” vacío. Ahora, que por fin deciden actuar, incomodan. Porque una juventud crítica rompe con la comodidad de quienes preferían una sociedad pasiva, fragmentada y sin capacidad de movilización.

Y aquí hay que ser claros: descalificar a los jóvenes no es una estrategia nueva. Pero esta vez, el señalamiento tiene un matiz más oscuro. Está profundamente atravesado por la misoginia. No es casualidad que la primera gran movilización juvenil del sexenio haya sido para respaldar a la primera presidenta mujer de México. No es casualidad que, ante ese respaldo, la reacción haya sido infantilizar a quienes la apoyan. Existe una narrativa que busca negar la autoridad de una mujer en el poder y, al mismo tiempo, negar la conciencia política de quienes la defienden.

Claudia Sheinbaum está enfrentando una violencia política de género constante. No es simbólica, es real. Se duda de su legitimidad con argumentos que jamás se aplican a hombres. Se cuestiona su capacidad desde prejuicios que no se esconden. Y descalificar la movilización joven que la apoya forma parte de ese mismo patrón. Es como si la presencia de una presidenta mujer no solo confrontara a las viejas élites políticas, sino también a quienes todavía no entienden que la igualdad también se disputa en el terreno de la autoridad pública.

Por eso la marcha del 6 de diciembre fue más que una muestra de fuerza. Fue también un acto de defensa frente a esa violencia. Un recordatorio de que una sociedad democrática no puede construirse cuando se niega la voz política de la mitad del país y de su generación más joven. Fue una marcha que, aunque no estaba convocada como feminista, tuvo un mensaje feminista inevitable: la autoridad de una mujer se respeta, no se minimiza, y quienes la respaldan no deben ser reducidos a caricaturas.

Es necesario decirlo con toda claridad: los jóvenes que participaron no lo hicieron por obligación. Lo hicieron porque, por primera vez en mucho tiempo, sienten que hay un proyecto que los incluye, que les habla, que reconoce sus luchas y que entiende sus demandas. Un proyecto que, a diferencia de sexenios anteriores, no los trata como amenaza, sino como motor de cambio. Esa confianza es oro político, porque no se compra, no se simula y no se improvisa. Se construye. Y la presencia juvenil del 6 de diciembre fue prueba de ello.

Pretender que miles de jóvenes no tienen criterio propio es negar el país que está emergiendo. Es ignorar que esta generación se informa, debate, consume política a una velocidad distinta y utiliza plataformas que hacen imposible el control de narrativas como antes. Si salieron a las calles, fue porque quisieron. Y si defienden a la presidenta, es porque entienden lo que representan estos años para el país.

La marcha, lejos de ser un cierre, es un punto de partida. La juventud que se movilizó tendrá que convertirse en contrapeso, en vigía, en corresponsable del rumbo nacional. La política ya no es un espacio reservado para unos cuantos. Ahora es un territorio donde las y los jóvenes, con ideas claras y convicciones firmes, reclaman un lugar que les corresponde por derecho. Eso implica participar, cuestionar, exigir y construir. Implica transformar el enojo en propuestas, la inconformidad en organización y el entusiasmo en trabajo colectivo.

Quienes intentaron reducir este acto a un “acarreo” no solo se equivocan: subestiman la fuerza de una generación que ya decidió hacerse escuchar. Fue una afirmación política de dignidad juvenil y un mensaje contundente: la juventud está aquí, está despierta y está lista para defender el país que quiere ver.

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