Pluma Patriótica

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El odio a la democracia

El librito de Jacques Rancière llamado El odio a la Democracia da luces muy importantes para entender nuestro momento que, lejos de ser una mera repetición de otros momentos más orientados a la colectividad, tiene particularidades muy importantes sobre las que se habla poco.

Rancière intenta describir un tema cotidiano, pero de difícil explicación: el rechazo virulento que ciertos sectores sienten por lo popular, a pesar de asumirse demócratas (o en los casos más honestos, a pesar de la resistencia silenciosa a seguir usando ese adjetivo como descripción de su posición, por un cálculo utilitario de los costos que ese rechazo generaría en ambiciones vulgares, casi siempre electorales). En México esto es por demás notorio: izquierdas y derechas por igual se sienten ofendidos por un gobierno que nunca es lo suficientemente parecido a ellos y a ellas: suficientemente “técnico”; suficientemente “prudente”; suficientemente “hábil” … casi podríamos decir: “suficientemente yo” como un resumen lamentablemente preciso del encono que encarnan.

Comprender a cabalidad la tesis de Rancière me tomará varios ensayos —y, seguramente, varios errores—, pero creo que vale la pena. La tesis del primer ensayo es, más o menos, la siguiente: el rechazo que las élites muestran al nuevo régimen tiene mucho menos que ver con alguna falta de pericia más o menos argumentable o con una visión ideológica contraria; es, más bien, un doble fondo parecido al que había detrás de las críticas liberales a la Revolución del llamado “Terror” francés: superficialmente era una crítica a un régimen colectivizante, que pasaba por encima de libertades individuales muy valoradas. En el fondo, sin embargo, revelaba un rechazo a una revolución profundamente individualista. La revolución jacobina cometía el grave pecado de creer poder habilitar al cualquiera y sus intereses en el poder. Esto suponía, por construcción, la destrucción del tejido social que solo pueden urdir las solidaridades naturales e históricas. Las instituciones estatales jamás podrán suplantar la labor de la monarquía, la Iglesia y el Ejército y, por tanto, cualquier movimiento destinado a liberar a los y las cualquiera era, en el fondo, un ciego exceso.

Han pasado muchos años, y los teóricos de la contrarrevolución no lograron convencer, explícitamente. Sin embargo, su discurso regresa en formas modernas que afirman ver en los regímenes populistas la misma clase de debacle civilizatoria que en su momento vieron los monarquistas franceses: el único régimen democrático sensato es, paradójicamente, el que es capaz de contener los excesos de la sociedad democrática. El Estado debe contar con condiciones mínimas indispensables para evitar su destrucción por parte de la decadente e insaciable sociedad democrática (que se ha transformado en el nuevo totalitarismo). En pocas palabras, las democracias valiosas son las que son capaces de imponerse a las sociedades democráticas y gobernar lo ingobernable (si es por medio de las armas, o de la razonable política pública, da igual; o mejor: son detalles contextuales. Cada sociedad demostrará qué clase de violencia estatal necesita para ser sometida y obligada a ser libre y, sobre todo, trascendente).

Las izquierdas y derechas de abolengo coinciden, pues, en lo mismo en que han coincidido históricamente: su odio por la democracia; por esa sociedad que termina por desplazarles del lugar que merecen como pastores de un rebaño que no sabe de límites, de prudencia… de trascendencia social y espiritual.

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