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El personaje se comió al político

postal PP horizontal Miguel Vicente (1)

Durante mucho tiempo me obsesionó una pregunta que fue desplazándose del terreno político al filosófico:

¿Hasta dónde puede alguien vivir dentro de su propio relato sin que la realidad lo expulse? Algo así creo que pasó con Maduro, en unos párrafos más les explico por qué.

Pienso en algunos discursos que han avanzado con una coherencia cerrada, casi perfecta, pero que ya no dialogan con los hechos. Al comienzo supuse cálculo, cinismo, actuación política, al final eso son los políticos “actores”. Pero con el tiempo entendí algo más todavía perturbador: ya no fingían, se “compraban su película”.

No es que no perciban lo que sucede. Perciben, pero no puede aceptarlo tal como es.

La realidad, cuando amenaza la identidad, se vuelve intolerable. Entonces se la reinterpreta. Una especie de ‘disonancia cognitiva’ como decía Festinger, él explicaba que cuando una creencia central entra en conflicto con los hechos, la tensión psíquica es tan intensa que el sujeto prefiere modificar la interpretación de la realidad antes que revisar la creencia.

No se abandona el relato: se lo refuerza, la vieja estrategia priista “tu niega que fuiste a la fiesta aunque traigas confeti en el pantalón”

Desde esta lógica, escenas que parecerían absurdas revelan una coherencia interna inquietante. Pienso, por ejemplo, en Nicolás Maduro pronunciando, en un contexto de captura y crisis, un desconcertante “Good night, happy new year”.

Como si todavía viviera en el papel de televisión que interpretaba en la TV abierta en Venezuela.

Dude, te están llevando a la cárcel más cruel del mundo y todavía te crees “famoso, famoso” como el mismo dijo.

De las formas de este hecho luego hablamos, ese es otro tema y ahorita si me permiten, nos atenemos a lo que vinimos como diría la Presidenta Sheinbaum.

Lo que desde afuera suena grotesco, desde adentro cumple una función precisa: convertir la humillación en confirmación simbólica. Para el político la humillación no es una caída; es una escena más del mito personal.

La disonancia no se resuelve corrigiendo el error, sino elevando el acontecimiento a un plano épico. “Si me detienen, es porque soy importante. Si me atacan, es porque temen lo que represento”.

Así, incluso la derrota se vuelve prueba. La sanción ya no es límite, sino reconocimiento invertido. El yo no se achica frente al golpe; se engrandece.

La psicología clásica -que horror por cierto- ya había advertido estos movimientos. Sigmund Freud hablaba de mecanismos de defensa que emergen cuando el yo se siente amenazado. En estructuras narcisistas, esas defensas no buscan el ajuste con lo real, sino la preservación de una imagen idealizada de sí mismo.

Aquí la filosofía -gracias a Dios- aporta una clave decisiva. Friedrich Nietzsche intuyó que la voluntad de poder no solo aspira a imponerse, sino también a reinterpretar, no basta con resistir el golpe; hay que dotarlo de sentido. El sufrimiento, la derrota, incluso el ridículo, pueden ser reapropiados como signos de fuerza si el relato es lo suficientemente robusto. El problema aparece cuando ya no hay exterioridad posible, cuando todo acontecimiento —favorable o adverso— confirma siempre la misma narrativa.

Cuando una subjetividad así accede al poder, la disonancia deja de ser un fenómeno íntimo y se vuelve colectiva. Ya no es solo un individuo quien necesita sostener su ficción, sino una sociedad entera convocada a hacerlo.

La fantasía de grandeza exige adhesión, repetición, lealtad emocional. Y cuanto más evidente es el fracaso, más cara se vuelve la ficción. Hannah Arendt mostró cómo la mentira política no triunfa por su cercanía con la verdad, sino por su capacidad de ofrecer sentido y pertenencia cuando la realidad resulta insoportable.

En este marco, ciertas frases funcionan como confesiones más que como exabruptos. Decir que lo que no se obtenga con votos se conseguirá con armas (como lo dijo Maduro en su momento) no es solo una amenaza política: es la expresión de una imposibilidad subjetiva de aceptar la pérdida.

La derrota no puede ser integrada como experiencia; debe ser negada, combatida o reinterpretada como injusticia. Jacques Lacan sostenía que el delirio es un intento de suturar un agujero en el sentido. El verdadero peligro aparece cuando ese intento cuenta con poder material para imponerse.

Escribo en primera persona porque no creo en la neutralidad frente a estos fenómenos. Pensar es implicarse. Y lo que observo es una lógica que se repite:

Para ciertos políticos cada límite se vive como agresión, cada consecuencia como confirmación. La disonancia cognitiva no se reduce; se profundiza. El yo no aprende: se blinda. El “Good night, happy new year” no es una anécdota, ni el “soy famoso, famoso” una simple excentricidad. Son síntomas de una estructura que ya no puede aceptar la realidad sin desfigurarse.

Tal vez el gesto más urgente —y más filosófico— sea recuperar la aceptación del límite. Reconocer que hay hechos que nos contradicen, fracasos que no ennoblecen y derrotas que no nos vuelven especiales.

Sin esa aceptación, el pensamiento se vuelve propaganda y la política, una escena al servicio del yo. Y cuando el yo ocupa todo el espacio, la realidad deja de ser un suelo común y se transforma en un enemigo al que hay que vencer, incluso a costa de una sociedad, el ejemplo lo tenemos más que evidente en Venezuela.

Nos vemos en la próxima

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