Por: Frank Aguirre
Cada vez que Donald Trump habla de Venezuela, el libreto es el mismo: libertad en el discurso, petróleo en la letra chiquita. Las imágenes y mensajes que circulan estos días —donde se sugiere que Washington exige millones de barriles de crudo a cambio de “normalizar” la relación— no son una rareza ni una exageración propagandística. Son la síntesis brutal de una lógica histórica.
Porque el problema nunca ha sido Nicolás Maduro como persona. El problema es Venezuela como territorio soberano con las mayores reservas probadas de petróleo del planeta.
Las exigencias atribuidas a Trump —romper con China, Rusia, Irán y Cuba; asociarse exclusivamente con Estados Unidos; entregar el control de los ingresos petroleros— no describen una negociación entre Estados. Describen una relación colonial.
Primero vienen las sanciones.
Luego el estrangulamiento económico.
Después, la “oferta” para salir del castigo… siempre condicionada a la sumisión.
Así operó Estados Unidos en Irak, en Libia, en Afganistán. Así ha intentado operar en América Latina durante décadas. El resultado nunca ha sido democracia ni bienestar. Ha sido destrucción del Estado, dependencia y saqueo.
El petróleo no es el fin, es el medio
Cuando una potencia exige petróleo, en realidad exige control geopolítico. El crudo es la palanca para disciplinar gobiernos, reordenar alianzas y bloquear cualquier intento de mundo multipolar. Por eso la obsesión con expulsar a China y Rusia de la región. No es ideológica: es estratégica. Washington no tolera que América Latina deje de ser su patio trasero y se convierta en sujeto político autónomo.
La mentira como coartada
Cada intervención imperial se justifica con el mismo discurso: democracia, derechos humanos, seguridad. Pero la historia es terca.
Irak no tenía armas de destrucción masiva. Libia no necesitaba ser “liberada”. Afganistán no se convirtió en democracia.
Lo que sí ocurrió fue la apropiación de recursos, el colapso institucional y millones de muertos. Cuando el imperio habla de libertad, conviene revisar quién se queda con la riqueza después.
México entendió la lección
Por eso la postura de la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo frente a Venezuela y frente a la ONU no es radical ni improvisada. Es histórica. México sabe lo que significa la intervención extranjera. Sabe que normalizar el secuestro de mandatarios, los bloqueos económicos o las agresiones unilaterales abre la puerta para que mañana se aplique la misma lógica aquí. Defender la soberanía de otros pueblos no es romanticismo internacionalista. Es autodefensa política.
La derecha y el entreguismo
Lo verdaderamente alarmante no es lo que dice Trump. Eso es previsible.
Lo alarmante es escuchar voces internas —especialmente desde la derecha mexicana— que aplauden o justifican la intervención extranjera con tal de recuperar privilegios. Pedir injerencia no es valentía. Es traición.
No es defensa de la democracia. Es desprecio por el pueblo.
El fondo del conflicto
Este no es solo un debate sobre Venezuela.
Es un debate sobre qué mundo queremos:
- Uno donde la ley internacional límite al más fuerte.
- O uno donde la fuerza decida qué país merece existir con dignidad.
Hoy es Venezuela.
Ayer fue Irak.
Mañana puede ser cualquiera…
El petróleo explica muchas guerras. La soberanía explica todas las resistencias.
Y mientras haya pueblos dispuestos a decidir su destino sin permiso, el imperialismo seguirá llamando “amenaza” a lo que en realidad es dignidad.
La historia no absolverá a quienes guardan silencio frente al saqueo. Pero tampoco olvidará a quienes, aún con presión encima, deciden no arrodillarse. Eso —y no los discursos— es lo que hoy está en juego.



