Ciudad de México a 9 diciembre, 2025, 23: 31 hora del centro.
Ciudad de México a 9 diciembre, 2025, 23: 31 hora del centro.

El poder es humildad

PP Horizontal Jorge Vilchez

La Presidenta Claudia Sheinbaum ha repetido una y otra vez que “el poder se ejerce con humildad, el poder es humildad”. No es marketing político. Es una definición política y moral que se inserta en la tradición de Morena y la Cuarta Transformación, el poder como servicio y no como privilegio.

Desde 2018, Morena ha demostrado que se puede gobernar sin lujos, con cercanía y con el Pueblo en el centro. El Presidente Andrés Manuel López Obrador marcó el rumbo con la austeridad republicana; ahora la Presidenta Sheinbaum recoge esa herencia y le agrega un matiz fundamental: la humildad no es sólo un recorte al gasto, es una forma de relacionarse con la gente, una actitud permanente que marca la diferencia entre gobernar y mandar.

Max Weber distinguía tres tipos de autoridad: tradicional, carismática y racional-legal. La humildad en el ejercicio del poder fortalece dos de ellas a la vez. Por un lado, refuerza la autoridad carismática porque el liderazgo cercano y austero genera admiración y confianza popular. Por otro lado, consolida la autoridad racional-legal, porque muestra que el gobernante no se coloca por encima de las reglas, sino que actúa dentro de ellas con sobriedad y servicio. En el caso de la Presidenta Sheinbaum, su énfasis en la humildad busca que la legitimidad no dependa sólo de la investidura, sino también de la congruencia diaria.

Pierre Bourdieu, en Las formas del capital (1986), define el capital social como “el conjunto de recursos reales o potenciales vinculados a la posesión de una red duradera de relaciones más o menos institucionalizadas de conocimiento y reconocimiento mutuo”. Aunque la cita se refiere al capital social, este se convierte en capital simbólico cuando esas redes y reconocimientos son percibidos como legítimos y valiosos por la sociedad. En política, la humildad es un multiplicador de ese capital simbólico: muestra coherencia entre el discurso y la acción, y refuerza la percepción de que el poder se ejerce para servir, no para servirse. Cuando un gobierno vive como el Pueblo y no encima de él, la confianza crece y con ella se fortalece la base de poder que sostiene al movimiento.

Michel Foucault, en Microfísica del poder (1978), recuerda que “el poder circula, no está localizado aquí o allí, nunca está en las manos de algunos, nunca se apropia como una riqueza o un bien”. Desde esta óptica, ejercer el poder con humildad no es señal de debilidad, sino una estrategia para reconfigurar las relaciones gobernante–gobernado. Al reducir la verticalidad y fomentar vínculos horizontales, el líder hace que la ciudadanía se sienta partícipe y no súbdita. En un proyecto de transformación como el que encabeza Morena, esta horizontalidad no sólo amplía la legitimidad, sino que blinda las reformas al convertirlas en conquistas colectivas y no en concesiones desde arriba.

Antonio Gramsci lo explicaba con el concepto de hegemonía cultural: “La supremacía de un grupo social se manifiesta de dos maneras, como dominio y como dirección intelectual y moral”. Cuando la Presidenta Claudia Sheinbaum reprende públicamente excesos dentro del movimiento, está defendiendo esa hegemonía: no se tolera que el poder sirva para ostentar, porque eso rompe la dirección moral que Morena quiere ejercer sobre la vida pública.

En Uruguay, José Mujica vivía en su chacra y conducía un viejo Volkswagen. En Bolivia, Evo Morales mantuvo su identidad indígena y su austeridad en el ejercicio del cargo. En México, Benito Juárez resumió la ética republicana en una máxima que la 4T ha hecho suya: “Bajo el sistema federativo, los funcionarios públicos no pueden disponer de la renta sin responsabilidad; no pueden gobernar a impulsos de una voluntad caprichosa, sino con sujeción a las leyes”. Juárez predicó con el ejemplo una vida austera y un servicio a la nación por encima de intereses personales.

El expresidente López Obrador demostró que se puede gobernar sin lujos y con cercanía real. Hoy, la Presidenta Claudia Sheinbaum actualiza y refuerza esa línea, convirtiéndola en regla: ningún servidor público de la Cuarta Transformación debe olvidar que su lugar es junto al Pueblo.

Este principio, además de ético, es político. Un poder austero y humilde reduce el riesgo de corrupción, neutraliza críticas por desconexión con la realidad y mantiene a las bases movilizadas y orgullosas de su gobierno. La humildad, lejos de debilitar, fortalece: es un recordatorio constante de que la autoridad es un mandato popular, no un cheque en blanco.

Por eso, cuando la Presidenta Claudia Sheinbaum dice que “el poder es humildad”, no sólo está hablando de un valor personal, está estableciendo una línea estratégica para que la Cuarta Transformación siga siendo lo que prometió desde el inicio: un gobierno del Pueblo y para el Pueblo. Porque cuando el poder es humildad, el Pueblo es su verdadera fuerza.

 

Sobre el autor

Comparte en:

Comentarios