Pluma Patriótica

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El príncipe mexicano

La construcción del Estado mexicano fue, sin duda, un proceso convulso que ha de entenderse a la luz del proyecto civilizatorio que la modernidad capitalista impuso en las relaciones sociales. A partir de esto, se puede señalar que durante este proceso se buscó el establecimiento de una autoridad suprema colectivamente reconocida que tuviera la facultad exclusiva y legitima de crear las leyes comunes y hacer ejercicio de la violencia.

En este sentido, se señala que la constitución del poder soberano estatal fue resultado de un proceso violento que implicó la expropiación de mandos territoriales locales, la eliminación de jurisdicciones señoriales y la afirmación de la supremacía del mando estatal frente a otros poderes, como el de la Iglesia (Roux, 2005; 39). Se trató de una serie de conflictos y contradicciones que no se resolvieron (sino solo se contuvieron) a través del establecimiento de un orden normativo común que regularía la convivencia.

Luego del movimiento de independencia, el país vivió diversos procesos que buscaban la formación de un Estado-nación que respondiera a la dinámica de la socialidad capitalista. Se pueden obtener, en consecuencia, cinco determinaciones históricas que explican el proceso de estructuración de la comunidad estatal mexicana: la primera tiene que ver con la conquista y la colonización; la segunda tiene que ver con la existencia del imperio español y la economía-mundo; la tercera sería el contexto del siglo XIX con la nueva hegemonía británica así como la imposición del liberalismo como única visión del mundo; la cuarta fue la persistencia de las socialidades comunitarias; y la quinta fue la construcción de una esfera de lo público estatal secularizada (Roux, 2005; 56).

Fue en el marco de estas condiciones que los liberales mexicanos del siglo XIX se dieron a la compleja tarea de construir en México un Estado moderno soberano, delimitado territorialmente y organizado en forma de república. Se trataba, pues, de implantar una cultura e instituciones políticas modernas y para eso se requería una transformación radical en las ideas y costumbres de la población mexicana que era en su mayoría indígena y campesina.

Así, comenzó el conflicto entre el sentido de comunidad agraria que tenían los originarios mexicanos y el individualismo liberal que se pretendía impulsar a través de las leyes. Es decir, se dio una resistencia frente a la asimilación de los nuevos valores que querían ser convertidos en la base de la construcción estatal del país.

El objetivo, pues, era homogeneizar a una sociedad que era verdaderamente diversa, la cual reclamaba justamente el reconocimiento y respeto a las identidades existentes. Se desataron confrontaciones a partir de estas diferencias, lo cual generaba el riesgo de una desintegración política que al final mermaba el proceso de formación estatal.

El modelo de Estado liberal que se querían implantar en el país contradecía las distintas realidades mexicanas, de tal manera que hubo elementos que no se pudieron establecer satisfactoriamente. Los campesinos e indígenas usaron el discurso moderno y sus figuras a su favor con el fin de defender su propia identidad y fue a través de esta constante contradicción y adaptación que se dio lugar al Estado mexicano.

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