El arte de matar comienza con el lenguaje. No con el de las balas, sino con el que vacía de humanidad al enemigo. Así lo hicieron los nazis, quienes aprendieron que era más fácil llenar los hornos cuando los cuerpos ya no eran personas, sino ratas, cucarachas, «problemas». Hoy, lo hace el Estado de Isael. El exterminio no requiere necesariamente justificación moral si antes se ha despojado a una nación entera de su derecho a existir como tal. Hoy, esa misma estrategia se aplica, sin pudor y a plena luz del día, primero en contra de los Palestinos y después en contra la República Islámica de Irán.
En la narrativa occidental, Irán no es un Estado-nación, es una amenaza. No es un pueblo, es un régimen. No tiene ciudadanos, sino clérigos. ¿Cuándo fue la última vez que viste en televisión a una familia iraní, un médico, una maestra, una niña? ¿Cuándo viste a Irán representado por su gente y no por las barbas blancas de sus líderes religiosos? ¿Cuándo lo vimos como un país y no como una amenaza atómica con turbante?
Irán es un Estado-nación, es decir, una comunidad política con soberanía reconocida, con una población definida, un territorio propio, instituciones, historia, cultura, e identidad. Tiene más de 90 millones de habitantes. Su índice de alfabetización supera el 96%, y el país cuenta con más de 4 millones de estudiantes universitarios. Irán no es un campo de entrenamiento yihadista: es una sociedad con una de las proporciones más altas de ingenieras mujeres en el mundo musulmán, con universidades como Sharif, considerada el MIT del Medio Oriente.
Es un país de múltiples etnias persas, kurdos, azeríes, árabes, baluchis, turcomanos que conviven bajo una estructura republicana con elecciones regulares, con contradicciones y conflictos, sí, pero también con una cultura milenaria que ha contribuido a la poesía, la medicina y la filosofía de la humanidad mucho antes de que Occidente aprendiera a imprimir libros.
Mientras Irán es diseccionado públicamente, sancionado y constantemente vilipendiado por sospechas de querer construir armas nucleares sin evidencia concluyente, el Estado de Israel mantiene más de 80 ojivas nucleares según estimaciones del Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI). No forma parte del Tratado de No Proliferación Nuclear y ha impedido cualquier inspección de su arsenal. Un Estado que ni siquiera reconoce oficialmente tenerlas, pero se reserva el derecho a usarlas.
Israel ha asesinado científicos, atacado consulados, violado espacio aéreo de países vecinos, bombardeado infraestructura civil en Gaza, Siria, Yémen, Líbano y ahora Irán. ¿Con qué derecho? ¿Con qué legitimidad? ¿Quién fiscaliza su violencia? En junio de 2025, el Estado israelí perpetró ataques ilegales dentro del territorio iraní que dejaron decenas de muertos.
La amenaza no está en Irán, está en la impunidad. Está en un Estado que se proclama occidental cuando le conviene, pero que desprecia los principios fundamentales del derecho internacional. Está en un proyecto sionista que ha sido hábil para infiltrar medios, lobbies y gobiernos, y que ha logrado que cualquier crítica legítima a sus crímenes se señale de antisemita.
La cultura judía es tan antigua y valiosa como cualquier otra, pero el sionismo político no es la cultura judía. Es su secuestro. Es un proyecto nacionalista, colonial y expansionista que ha querido convertirse en occidental sin aceptar los valores democráticos que dice defender. No pertenece a Occidente porque no cree en la igualdad de los pueblos, sino en la superioridad de uno solo. Y eso, históricamente, no termina bien.
La pregunta no es si Irán tiene problemas. Los tiene. La pregunta es por qué hemos aceptado, sin dudar, la narrativa de quienes lo deshumanizan. ¿Qué nos hace pensar que Irán no merece lo que nosotros damos por sentado? ¿Acaso nuestras calles son más justas, nuestros líderes más honestos, nuestras bombas menos letales?
Occidente ya no puede darse el lujo de mirar a Medio Oriente como si fuera un zoológico de fanáticos religiosos. Irán no es un enemigo. Es un país. Con gente. Con sueños. Con hijos. Con vida. Si no aprendemos a verlo así, terminaremos pareciéndonos más a los nazis que tanto decimos despreciar.
Y cuando la historia nos pida cuentas, no bastará decir que no sabíamos.
Sabíamos.
Solo preferimos no mirar.



