Ciudad de México a 25 enero, 2026, 4: 01 hora del centro.
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El segundo año: poder, rumbo y definiciones

PP Pablo Quiroga

Todo cierre de año nos obliga a hacer previsiones -o deseos- de cómo será el próximo ciclo.

Pasándolo al terreno político, estas últimas semanas de diciembre son el espacio propicio para imaginar cómo se desarrollará el siguiente año de gobierno, después de un turbulento 2025, marcado por coyunturas globales y regionales.

Soy de las personas que creen que construir más de dos escenarios resulta ocioso, por lo cual me avocaré a desarrollar dos posibles desenlaces para 2026. Además, soy de los que piensan que el segundo año de gobierno siempre es definitorio, pues te permite ver más allá del complejo arranque de administración, el cual, incluso en las épocas del partido único, históricamente ha representado un reacomodo político entre lo que queda atrás y la administración entrante.

Considerando lo anterior, detallo los dos escenarios a los que nos podremos enfrentar el próximo año:

Escenario 1: Cambio de rumbo

En los últimos meses, diversos analistas de izquierda han manifestado la necesidad de que exista un “golpe sobre la mesa” en la actual administración, interpretado como una verdadera toma de poder por parte de la presidenta, la cual, consistiría en:

  1. Una limpieza en su equipo de gobierno, la cual implica dejar de lado aquellas figuras vinculadas con el Obradorismo, pero que, en los hechos, han demostrado poca capacidad ejecutiva para cumplir con el actual proyecto de gobierno;
  2. Un ajuste en los liderazgos más allá del Ejecutivo, es decir, cambios en los distintos tomadores de decisiones, que podrían comprometer la integridad del movimiento y la viabilidad futura del mismo;
  3. La posibilidad plena de intervención en la selección de candidatos a gobernaturas y la composición del Congreso federal para consolidar al claudismo como una alternativa viable para las elecciones de 2027.

Las implicaciones de este escenario son desconocidas, pues mientras pudiera significar una ruptura en Morena, a la par, tiene el potencial de evolucionar en una verdadera toma del Bastón de Mando por parte de la presidenta. En la conciencia de que ella es la legítima líder del movimiento y que, el respaldo que actualmente éste tiene, depende de las acciones de su gobierno, lo anterior, sin la necesidad de romper con el ideario de López Obrador, quien atinó, desde la publicación de “Un proyecto alternativo de nación: hacia un cambio verdadero” en 2004, en ofrecer un diagnóstico correcto de las condiciones del país y desarrolló una serie de acciones de gobierno para remediar los problemas del país.

Este escenario implicaría un brusco reacomodo en la alineación de los liderazgos de la 4T, privilegiando aquellos perfiles que están convencidos de que el segundo piso representa un refrendo en la confianza de la población en seguir profundizando el cambio de régimen, remediando los errores del pasado y evitando los algunos vicios del viejo régimen presentes en el movimiento.

Escenario 2: Transformación tamizada por la negociación

Este escenario representa algo similar al primer año. Una permanente negociación entre la figura que simbólicamente concentra el poder y los demás poderes reales al interior de la coalición de gobierno, es decir, aplicar la máxima de que lo real compite contra lo posible, asumiendo que la gobernabilidad se garantiza mediante la tolerancia —porque no hay otra palabra más precisa— a las demostraciones de poder de otros actores del movimiento.

Estas demostraciones, que en los hechos se diluyen frente al poder presidencial, no dejan de existir y, a mi parecer, están estrechamente vinculadas a un machismo estructural que desgasta y pone en cuestionamiento la autoridad de la figura presidencial.

Desde mi punto vista y tratando de ser lo más objetivo, creo que cualquiera de los dos caminos lleva a un desgaste en la unidad de Morena, la divergencia radica en el momento, pues mientras uno marca el inicio de 2026, la otra lógica de trabajo podría ser insostenible a finales del año, tras la selección de precandidatos para la elección intermedia y tras el recuento del grupo en el verdadero poder de las posiciones perdidas por mantener la unidad partidista, fragmentada por el desgaste natural de gobierno e iniciativas como la prohibición del nepotismo o la virtual reforma política que podría restringir la existencia de plurinominales.

Dicho lo anterior, no nos queda más que pensar que la justa medianía desafiará la construcción de escenarios y surgirá un futuro alternativo en medio de las dos opciones propuestas en este espacio, pero, sin lugar a duda, 2026 representará un año definitorio para el resto del sexenio o y, posiblemente, para el propio movimiento.

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