Por: Marcela Huerta
Ayer, domingo 1° de junio, las y los mexicanos fuimos testigos de un hecho sin precedentes: la primera elección judicial en nuestro país. Este acontecimiento marco un momento estelar en la vida pública de México, momento donde las mujeres estamos ocupando espacios que durante siglos nos fueron negados. Hace apenas setenta años, las mexicanas conquistamos el derecho al voto. Después de trescientos años de colonia, doscientos años de República y sesenta y cinco presidentes hombres, por fin llegamos a conducir los destinos de nuestra nación. Hoy, de la mano de la Dra. Claudia Sheinbaum Pardo, la primera mujer Presidenta de México, vivimos un cambio histórico. Como ella misma ha expresado con firmeza: «No llego sola, llegamos todas».
Al asumir la presidencia, la Dra. Sheinbaum cumplió con una de las promesas de campaña, la reforma al Poder Judicial para elegir mediante voto popular a integrantes del Poder Judicial. Esta elección representa una oportunidad histórica para todas las mujeres, tanto para quienes tienen el derecho a ser votadas como para quienes ejercerán su voto. Es una puerta abierta para aquellas que aspiran a impartir justicia pero que, al no pertenecer a círculos de poder, han enfrentado un sistema dominado por privilegios y nepotismo.
Recordemos lo revelado por el informe Mexicanos contra la Corrupción y la Impunidad (organización que, paradójicamente, se opuso a esta elección), en México ha operado un sistema de «Poder familiar de la Federación«. Un ejemplo dentro del informe es el nepotismo institucionalizado en Durango, donde un magistrado de circuito colocó a diecisiete familiares directos (incluyendo hijos, hermanos, cuñados y sobrinos) en cargos clave, desde actuarios hasta secretarios de tribunal y asesores jurídicos.
La elección judicial busca anular los privilegios, el nepotismo y la corrupción. En el proceso de elección judicial todas ostentamos el mismo derecho constitucional, aquellas que cumplieron con los requisitos, participaron en el proceso y resulten electas, están por iniciar una transformación en el poder judicial como ministras, magistradas, juezas de distrito, entre otros cargos.
Por otro lado, están las mujeres que ejercieron su derecho a votar en esta elección judicial: familiares de mujeres que han sido condenadas a años de prisión porque un juez omitió aplicar la perspectiva de género y las criminalizó por defenderse; las sobrevivientes de violencia sexual que denunciaron, solo para ser revictimizadas por un sistema que liberó a sus agresores; las familias de las víctimas de feminicidios, las abogadas que defienden a víctimas frente a jueces indiferentes y son amenazadas por hacer su trabajo; y todas aquellas que acompañan y apoyan a otras cuando la justicia las abandona. Entre esta diversidad de mujeres se encuentran «las feministas silenciosas«, que —de acuerdo con la Dra. Beatriz Gutiérrez Müller— son aquellas mujeres que, sin protagonismo mediático ni discursos públicos, trabajan incansablemente desde sus espacios cotidianos para impulsar cambios sociales a favor de la igualdad y la justicia. No son figuras visibles en marchas o redes sociales, pero con su resistencia, solidaridad y acciones concretas construyen una sociedad más equitativa. Ayer, todas ellas, desde sus distintos frentes de lucha, tuvieron la oportunidad de votar y transformar el Poder Judicial.
La elección judicial no fue solo un proceso democrático más, representó una oportunidad histórica para que las mujeres seamos parte de la transformación del Poder Judicial en favor de la justicia que tanto anhelan las mujeres víctimas de violencia, aquellas criminalizadas por el sistema, porque la lucha de una es la lucha de todas. Finalizó esta reflexión con la amorosa frase de la poeta Audre Lorde: «No soy libre mientras alguna mujer no lo sea, incluso cuando sus cadenas sean muy diferentes a las mías».
@Mar__Huerta
Oaxaqueña, licenciada en Derecho por la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, abogada defensora de mujeres víctimas de violencia. Militante del humanismo.




