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Elección judicial y nuevo servicio público: ética, vocación y formación

postal PP horizontal Luis Eduardo Gómez (1)

Por: Luis Eduardo Gómez García

La reciente transformación del modelo de acceso al Poder Judicial en México, que ahora contempla la elección popular de jueces, magistrados y ministros, no sólo implica un cambio normativo: representa también un nuevo paradigma de lo que significa servir en la función jurisdiccional en un contexto democrático.

Durante décadas, el ingreso al sistema judicial estuvo regido por la lógica de la carrera: concursos de oposición, escalafones, evaluaciones técnicas. Hoy, el voto ciudadano se vuelve el mecanismo de acceso. Este giro, si bien rompe con la tradición meritocrática, abre la puerta a una reflexión más amplia sobre el perfil y la vocación de quienes aspiran a impartir justicia.

Ser juez en el México de hoy no puede entenderse como un privilegio ni como un premio. Debe asumirse como un servicio público de altísima responsabilidad ética y social. Y eso exige no sólo preparación técnica, sino también convicciones claras: respeto al Estado de Derecho, sensibilidad frente a los problemas sociales y una profunda vocación de servicio.

La elección democrática no elimina la necesidad de formación, al contrario: nos obliga a fortalecer los mecanismos de capacitación judicial, a rediseñar programas desde una visión plural, humanista y cercana a la realidad nacional. La legitimidad en las urnas debe complementarse con la competencia profesional y la integridad personal.

Este modelo también trae consigo una exigencia adicional: la rendición de cuentas permanente. Quienes aspiren a representar a la ciudadanía desde el Poder Judicial deberán estar dispuestos a sostener un compromiso público no sólo al momento de su elección, sino durante todo su desempeño. Serán observados, evaluados y juzgados —también— por su cercanía, imparcialidad y resultados.

Frente a quienes ven esta transformación con escepticismo, conviene recordar que la democracia no está reñida con la técnica, y que la imparcialidad judicial no desaparece por el hecho de que el acceso al cargo sea ciudadano. Por el contrario, este nuevo modelo puede detonar una profunda renovación del servicio público judicial, si se acompaña de instituciones sólidas, reglas claras y procesos formativos rigurosos y permanentes.

La clave estará en reconocer que esta etapa no es el fin del profesionalismo, sino su reinvención. Una profesionalización que no se basa sólo en exámenes, sino en ética cotidiana, en compromiso con los derechos de las personas y en la capacidad de generar confianza desde el acto jurisdiccional mismo.

Hoy estamos llamados a construir una nueva generación de juzgadores: electos por el pueblo, pero también guiados por los más altos estándares de vocación pública, sensibilidad humana y conocimiento del derecho. Si lo logramos, no sólo habremos democratizado el acceso al cargo: habremos fortalecido las bases de una justicia más legítima, más cercana y más confiable para todas y todos.


@luiseduardo_g

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