junio 12, 2021

Pluma Patriótica

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sábado, 15 febrero, 2020
Emilio “L”

Emilio “L”

 

 

*Se congela la pantalla* 

“Hola, me llamo Emilio, soy un priísta convencido, tengo una licenciatura en el ITAM y una maestría en Harvard, por lo que, muy probablemente se preguntarán: ¿Cómo es que pasé de director de PEMEX a ser detenido en España por sobornos y desvíos multimillonarios? Pues bien, esta es mi historia (…)”. 

La imagen anterior da cuenta del arresto del ex-director de PEMEX durante el sexenio pasado, Emilio Lozoya Austin, hombre de todas las confianzas de Enrique Peña Nieto. Por ahora. 

El hecho, abre algo más que un proceso judicial cualquiera en donde la Fiscalía General de la República tendrá que comprobar —una vez extraditado a suelo mexicano— más allá de toda duda razonable la culpabilidad de Emilio Lozoya ante un juez; lo anterior, respetando la presunción de inocencia como un derecho del imputado para que se siga el debido proceso. 

Lozoya Austin enfrenta 5 órdenes de aprehensión según informó Santiago Nieto, titular de la Unidad de Inteligencia Financiera de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público. Delincuencia organizada, cohecho y operaciones con recursos de procedencia ilícita son parte de los delitos que se le imputan. Además, están pendientes por judicializar dos casos más: defraudación fiscal y una investigación que se encuentra abierta por la adquisición de un astillero que generó pérdidas a PEMEX por 50 millones de euros. 

Lo interesante radica en la dimensión política que del acto de su captura se desprende. Para entender las consecuencias políticas que tiene el que un ex director de Petróleos Mexicanos sea acusado de manera formal por recibir un soborno de 10 millones de dólares para operar a favor de la empresa brasileña Odebrecht, es importante preguntarnos: ¿Qué implicaría que el órgano judicial dictara sentencia condenatoria contra el ahora llamado Emilio “L”? 

Pues bien, nada más y nada menos que uno de los daños patrimoniales más importantes a las arcas del Estado Mexicano. No es poca cosa. En virtud de que representaría la entrega de una dirección del tamaño de PEMEX como uno de los principales eslabones de una cadena de corrupción que acreditaría un transgresión flagrante a la Seguridad Energética del país, hay que sumar la inestabilidad en materia de Seguridad Nacional como uno de los bienes más importantes de la República. 

Tal parece que no les bastó con una Reforma Energética producto del llamado Pacto x México que puso a disposición del mejor postor extranjero los bienes energéticos de la nación, pues también actuaron fuera de los márgenes de la legalidad saqueando al Estado mexicano para beneficiarse de empresas extranjeras como Odebrecht. 

Este hecho se suma a la acusación que se hiciera en Estados Unidos al ex titular de la Secretaría de Seguridad Pública “G” Luna, quien también, como integrante del Gabinete de Seguridad que dio pie a la extinta SSP Federal nos habla que, en esta materia, de manera transexenal, la Seguridad Nacional del país ha sido conducida por delincuentes. Gente mala. 

De probarse estas dos acusaciones paradigmáticas que desde las más altas esferas —presuntamente— operaron a favor del crimen organizado internacional, estaríamos frente a un escenario donde al actual Presidente Andrés Manuel López Obrador se le daría la razón histórica a la tesis que por décadas ha sostenido, de manera sistemática, donde discurso a discurso, nos ha dicho que en México existe una Mafia del Poder. 

Esa es la enorme dimensión política de la que hablamos en un principio. La Mafia del Poder materializada en la imagen de García “L”, Emilio “L”, Javier “D”, Rosario “R” y, en una de esas, en Enrique “P”. 

Claro, hace falta esperar los juicios pertinentes pero que no nos extrañe que la tragedia mexicana que vivimos en la actualidad no tenga una correlación directa de un presente que se alimenta de un pasado lleno de entramados de corrupción, complicidad e impunidad. 

No se dieron en el vacío las miles de muertes, feminicidios, desapariciones, huachicol de energéticos y de agua de ayer y hoy; estos fenómenos tienen una causalidad directa al amparo de políticos que han sido sobornados por el narcotráfico, se han beneficiado de él y, por consiguiente, el poder armamentístico, de inteligencia y logística del crimen en México se dejó crecer dotándolo de un manto protector que tuvo su punto más álgido durante el calderonismo y su continuidad en la posguerra con el peñanietismo. Todo lo anterior se traduce en el enorme reto que tiene el actual Gobierno para limpiar el marranero que le dejaron a todo el pueblo de México. 

La historia de Emilio “L” tendrá interesantes bemoles, pues su abogado ha dicho ante los medios que tanto el ex Canciller Luis Videgaray, como el mismísimo ex Presidente EPN, tienen que declarar pues su representado “no se mandó solo”. Uy, qué fuerte. 

En esta novela llamada México, Emilio “L” es un fiel representante de los barones de la tecnocracia: hombres y mujeres elegantes, bien parecidos, egresados de las mejores universidades privadas del país e, incluso, de la Ivy League, quienes dan preponderancia a los procesos técnicos mientras que desprecian el mandato popular. 

El gabinete de Enrique Peña Nieto estuvo compuesto por esos perfiles: un equipo con mucha estética pero muy poca ética. 

¿No es así jóvenes? 

   

 

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