Pluma Patriótica

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Remedio para no dormir: Maurice Ravel y La Valse

Usted no está para saberlo, pero yo sí para compartirlo con usted: esta semana sufrí insomnio. De ese feo que hace conciliar el sueño hacia las 6 de la mañana.

Sin embargo, mucho le debo a la música del francés Maurice Ravel quien, en noches en las que no puedo dormir, me reconforta con una gran obra que quiero compartir con usted. 

Antes de comenzar, le pido disculpas por esta pequeña licencia que me tomé. Le puedo asegurar que la próxima semana le escribiré acerca de un score, como quedamos en la entrada anterior.

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Bueno, le quiero hablar acerca de La Valse

Desde muy morro me gustaban los valses. En casa teníamos vinilos de obras seleccionas de los Strauss, padre e hijo, y piezas mexicanas de compositores como Juventino Rosas.

En más de una ocasión me ponía al frente del estéreo y simulaba dirigir una orquesta. 

Un poco más grande descubrí a Ravel con su célebre Bolero, acerca del que una vez leí, quizá de una fuente no muy fidedigna, sobre los dotes afrodisíacos que posee. Hay gente muy apasionada, sin duda, pero lo que es innegable de la obra es su cualidad sensual, romántica. 

Pese a la fama de aquél, la obra que se llevó mi corazón fue La Valse, una apoteosis de los grandes valses vieneses. Un homenaje a Strauss, sí, el que ideó El Danubio Azul, muy socorrido en las fiestas de quince años hasta que llegó James Horner y su tema de amor para Titanic, pero esa es otra historia. 

La Valse es una obra violenta, concebida en su versión más simple para el piano solitario. 

La obsesión de Ravel era hacerla una danza a cuya orquestación se avocó detalladamente. Ravel pasaría alrededor de 15 años confeccionando esta obra.

En diversas ocasiones suspendió el proyecto. Quizá el caso más sonado por el que interrumpió la escritura fue cuando el gobierno francés le otorgó la Legión de Honor, que él rechazó rotundamente al considerar que sus fans habían hecho un cabildeo injustificado.

Los estragos de la gran guerra también demoraron a Ravel, que incluso cambió el nombre de la pieza, originalmente concebida para llevar el título «Wien» (Viena). No obstante, optó por algo más neutral, sin nacionalidad, sin encono, y simplemente la llamó «La Valse».

Imagine todos esos grandes bailes en los salones imperiales vieneses. Cientos de personas dando vueltas al compás 3/4. La orquesta tocando en su esplendor, los timbales y cuerdas golpeados para dar su máximo sonido.

La Valse brinda una experiencia que eleva el alma y la deja allá arriba.

También es oscura, describiendo la turbulencia de principios de siglo: desesperanza y muerte. Todo en 12 minutos. 

Aún batallo para encontrar una versión que de plano me guste. Disfruto todas las interpretaciones, desde Bernstein hasta Maurice Le Roux, ambos compositores que con la pasión desbordada ejecutan la obra hasta dejar sin aliento a más de uno. 

Me voy a atrever a recomendarle la versión que más me complace.

Aclaro, es una apreciación personal y puede que alguien haya escuchado mejores.

Yo me quedo e invito a que escuche la versión del mexicano Eduardo Mata con la Orquesta Sinfónica de Dallas, la época más dinámica del maestro.

Otra recomendación: escuche con mucha atención desde el minuto ocho y verá que su corazón palpitará fuerte.

La próxima semana le comentaré lo que pienso del score de Chernobyl de Hildur Guðnadóttir. 

 

Emmanuel Carrillo. Editor formado en el periódico Reforma
y el semanario Proceso. Entusiasta de las bandas sonoras
y de John Williams. 
Me gusta el beisbol,
pero no el jamón serrano ni la arúgula.

Twitter: @acarrillomo

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