“Probablemente en su pueblo se les recordará
como cachorros de buenas personas,
que hurtaban flores para regalar a su mamá
y daban de comer a las palomas.”
Probablemente, como canta Serrat, que todo eso debe ser verdad. Quizá fue cierto en algún rincón de la infancia. Pero la historia es menos piadosa y es más turbio como y de qué manera, llegaron esos individuos a ser lo que son. Un día eligieron ponerse la máscara de la farsa, ondear banderas que no les pertenecen y disfrazar de paz lo que es violencia.
Hoy lo vemos en Gaza, donde Netanyahu pretende devorar lo que queda de un territorio cercado; despojando a los verdaderos dueños y habitantes de esa tierra; a ellos, que, en una marcada diferencia, no han sido corridos a patadas de otros lugares del mundo. Lo que hace ese mal llamado “estado” no es defensa, es ocupación; no es seguridad, es exterminio, es un crimen contra la soberanía y contra la vida y, para quienes no alzan la voz, es una vergüenza.
Lo vemos en Venezuela, donde las potencias juegan a amedrentar sin respeto a la autodeterminación de un pueblo. No es nuevo: llevan años ensayando bloqueos, sanciones, campañas mediáticas y hasta golpes fallidos con la intención de someter la voluntad de millones. Pretenden que la democracia sólo es válida cuando coincide con sus intereses; cuando no, la llaman dictadura. En nombre de la “libertad” asfixian la economía, sabotean procesos electorales y amenazan con la fuerza militar, como si el Caribe fuera su patio trasero.
Y lo vemos en Ucrania, donde en el Dombás miles de personas quedaron atrapadas en una frontera artificial trazada tras la caída de la Unión Soviética: rusos de sangre y de lengua, condenados a ser peones de la geopolítica.
En Argentina, la guerra adopta otro rostro: el hambre en la mesa, la jubilación arrebatada, la patria hipotecada al capricho de los mercados. La pólvora no siempre suena en los cañones; a veces truena en la despensa vacía.
Hoy el mapa del mundo es un álbum de farsas repetidas. Presidentes, cancilleres y generales se pasean rodeados de protocolo, comitiva y seguridad, viajando de incógnito en autos blindados a sembrar calumnias, a mentir con naturalidad, a colgar su retrato en las escuelas de la historia como si fueran héroes. Se gastan más de lo que tienen en coleccionar espías, listas negras y arsenales, mientras a los pueblos les niegan el pan y la sal. Se arman hasta los dientes en nombre de la paz, juegan con cosas que no tienen repuesto y, cuando todo estalla, la culpa siempre es del otro.
Entre esos tipos y nosotros hay algo personal: no porque les debamos un agravio íntimo, sino porque le debemos lealtad a la vida, a la dignidad y a la soberanía de los pueblos.
También aquí, en México, se libra la misma farsa. Además de las presiones y amenazas pasivo-agresivas del extranjero, tenemos a ciertos personajes, no sé si llamarles oposición, que viven de la mentira: desinforman, tuercen discursos y siembran odio. Su único afán es derrocar por la fuerza a un régimen que no pudieron derrotar en las urnas. Unos locos, otros perversos, se organizan y vociferan que poseen información de gobiernos ajenos sobre nuestro país; alimentan en conferencias y en redes sociales un exabrupto social, soñando con un estallido que jamás llegará.
Y lo más doloroso: cuando deberíamos blindar nuestro movimiento, tenemos, aquí mismo, a enemigos disfrazados. Esos que ondean la bandera de “No mentir, no robar y no traicionar”, mientras cometen fechorías de baja estopa. Usurpan sillas que no les pertenecen, encumbrados en siglas que a los verdaderos militantes nos costaron décadas de lucha levantar; y traicionan sus propios discursos para sostener ambiciones que ya no cabían en sus partidos caídos.
Lo advirtió el general Carrera Torres:
“¡Alerta, compañeros de armas!
Que el enemigo lo hará de revolucionario de última hora para salvarse.”
Hombres de paja, dice Serrat. Sicarios del mal. Entre esos tipos y nosotros hay algo personal: no por rencor, sino por dignidad. Porque no se puede ser neutral ante la injusticia, ni callar cuando los verdugos declaran públicamente su amor a la paz mientras siembran muerte y calumnia.
Dejémonos de pantallas. La humanidad no puede seguir siendo rehén de protocolos ni de tratados que se firman con una mano mientras con la otra se aprieta el gatillo. No se trata de enemistad, sino de convicción: defender la soberanía, el pan y la sal, la vida digna de los pueblos.
Y entonces sí, como en la canción:
“Entre esos tipos y yo, hay algo personal.”




