junio 13, 2021

Pluma Patriótica

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jueves, 13 febrero, 2020
Ernesto Laclau, pensar polític

Ernesto Laclau, pensar políticamente

2020 hubiera sido un año muy especial para Ernesto Laclau. Sus tres obras emblemáticas han envejecido como los buenos vinos: Hegemonía y Estrategia Socialista (1985) escrito con Chantal Mouffe, Nuevas Reflexiones sobre la Revolución de Nuestro Tiempo (1990) y La Razón Populista (2005).

Laclau integra el pensamiento francés postestructuralista (Althusser, Derrida, Foucault), lingüística (Saussure), psicoanálisis (Lacan y Freud) sin olvidar el estiramiento de la liga del pensamiento gramsciano. En el pensamiento del teórico argentino habitan cuatro grandes contribuciones: el antagonismo, el populismo/la hegemonía, la dislocación y la formación de una escuela de análisis de lo político capaz de comprender y analizar la contingencia: teoría del discurso político.

El discurso no es entendido únicamente como la práctica hablada o escrita de representar o comunicar, sino que incluye cualquier práctica ‘significativa’ que obtiene la misma de acuerdo con el contexto en el que se encuentra. Golpear una pelota es una acción, pero sólo adquiere su significado en un partido de tenis, por ejemplo. Es decir, las prácticas sociales se dotan de sentido. El ‘discurso’ conjuntaría elementos lingüísticos y no lingüísticos en donde cada uno de los elementos es modificado como resultado de la práctica articulatoria.[1]

Todas las relaciones sociales se construyen en una ‘falta’ fundamental, una ausencia que jamás logra cerrarse. Si la articulación y la contingencia son posibles, es sólo porque cualquier formación nunca llega a abarcar la totalidad ni se sutura de manera completa.[2] Por lo tanto, nos encontramos ante una estructura social dislocada, donde la creación de sujetos políticos emerge gracias a la dislocación, la cual se presenta de diversas formas. Esto no quiere decir que todo es viable, ya que la ‘falta’ tiene una referencia estructural que condiciona y limita las posibilidades.[1]

La construcción de la hegemonía abarca muchas prácticas que buscan colonizar elementos ideológicos para un proyecto que pueda mantener el statu quo o transformarlo. Esto conlleva la formación de nuevos sujetos políticos y sociales. En la lucha por la hegemonía, no habría un agente predeterminado (la clase trabajadora) ni por la historia ni por las contradicciones del sistema capitalista, sino que cada elemento se sitúa en el campo ideológico de la discursividad y es susceptible de ser transformado. En otras palabras, la historia no seguiría un rumbo fijo ya marcado por el materialismo histórico, ni la clase obrera está destinada a dominar, sino que es en la contingencia y en la misma lucha por la hegemonía donde los caminos se definen. Aún más, para el argentino, no podría hablarse de lucha de clases, en tanto no haya una resistencia explícita por parte del proletariado hacia la burguesía, no es suficiente que el capitalista extraiga la plusvalía del trabajador, sino que éste debe resistir a la misma[2]; es decir, para bailar tango se necesitan dos.

La política va más allá de la serie de instituciones que forman un gobierno, más bien está inmersa en las relaciones sociales, en las prácticas cotidianas, de este modo velado la hegemonía se construye. En un contexto de individualismo y de identidades apartadas entre sí, el populismo para el autor consiste en la forma de construir lo político par excellence, en la forma de pensar y construir el colectivo, donde el antagonismo entre un ‘nosotros’ y ‘ellos’ no sólo se vuelve necesario, sino inevitable. La identidad a fuerza de constituirse necesita expulsar, repeler ‘algo’, establecer un límite. El antagonismo ocurre por la presencia de un ‘otro’ que impide la construcción de la identidad. No obstante, la frontera del antagonismo no está predeterminada, sino que se construye discursivamente en la misma coyuntura.

En definitiva, el teórico argentino cuestiona el esencialismo de ‘clase’ marcando una mayor atención en la contingencia y las posibilidades que las dislocaciones generan, interpela la manera institucional donde cada demanda e identidad es igualmente válida y encuentra representación, pero se intenta que las mismas sean cubiertas bajo el techo de la totalidad para así negar el antagonismo. Si la política entre tantas cosas implica pensar que la gran mayoría de nuestros problemas son colectivos y no individuales, el populismo sería la forma más acabada de enfrentar el statu quo, de pensar colectivamente en la resolución de conflictos, en otras palabras, la manera de asumir el antagonismo y construir lo político, la hegemonía.

 

Alex Moreno. Licenciado en Geografía, UNAM-Universidad de Hamburgo. Primer lugar del Concurso Nacional de Tesis (2017), por la Sociedad Mexicana de Estudios Electorales. Maestro en Ciencia Política por la Universidad de Essex.

@alexmrhdz

 

[1] Howarth David (2015) “Introduction: discourse, hegemony and populism: Ernesto Laclau’s political theory”, op. cit. P. 18-88.

[2] Laclau y Mouffe (1985 [1987]) Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una radicalización de la democracia. S. XXI. Madrid, España, p. 326.

[3] Laclau (1990), “Dislocation and capitalism, social imaginary and democratic revolution”, Howarth (ed.), Ernesto Laclau, Post-marxism, populism and critique. Routledge. Reino Unido. 2015. P. 113-238.

[4] Laclau (2005), La razón populista. FCE. Argentina P. 312.

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