Ciudad de México a 23 enero, 2026, 17: 44 hora del centro.
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¿Esta es la Generación Z?

postal PP horizontal Iván Juárez (5)

«No creas que no me he dado cuenta, de las cosas que no me dices, de las formas que me has cambiado, de las cosas que me has quitado».
Caifanes

Hace unas semanas, la autodenominada Generación Z volvió a salir a las calles de la Ciudad de México con la promesa de ser un movimiento ciudadano, juvenil y apartidista. Sin embargo, lo que vimos fue un desfile de contradicciones que ponen en entredicho su legitimidad y su verdadero propósito. La marcha, que pretendía ser un acto de paz, terminó siendo recordada más por los dichos racistas y clasistas de algunos asistentes, por la evidente influencia de actores políticos tradicionales y por la ausencia de jóvenes en un movimiento que lleva su nombre.

En primer lugar, los comentarios discriminatorios que se escucharon durante la movilización son inadmisibles. No se trata de simples exabruptos aislados, sino de expresiones que reflejan una visión excluyente y elitista. ¿Cómo puede un movimiento que dice luchar por justicia y seguridad reproducir los mismos prejuicios que históricamente han fracturado a nuestra sociedad? La discriminación verbal contra sectores populares no es un error menor: es un síntoma de exclusión y de una visión clasista que contradice cualquier aspiración de unidad. La violencia verbal, aunque no deje saldo físico, erosiona la legitimidad de cualquier causa. En lugar de construir puentes, levanta muros invisibles que dividen a la ciudadanía.

En segundo lugar, el supuesto apartidismo del movimiento se derrumba frente a la evidencia. La promoción abierta de figuras políticas de oposición, como el expresidente Vicente Fox, demuestra que detrás de la etiqueta juvenil hay intereses partidistas que buscan capitalizar el descontento social. No se puede hablar de independencia cuando los hilos de la movilización están conectados a viejas estructuras políticas. El disfraz de ciudadanía espontánea se cae cuando los discursos y las convocatorias provienen de actores con trayectoria partidista. La insistencia en presentarse como un movimiento “ciudadano” resulta poco convincente cuando los mensajes y las consignas se alinean con agendas políticas ya conocidas.

Finalmente, la falsa juventud de la marcha es otro elemento que desnuda la incoherencia del movimiento. Bajo el nombre de Generación Z se esperaba ver a jóvenes universitarios, estudiantes y adolescentes reclamando su futuro. Lo que predominó, sin embargo, fueron adultos y personas mayores, muchos de ellos con vínculos políticos claros. La apropiación de una identidad generacional para fines ajenos es una forma de manipulación simbólica. La juventud no es un eslogan que se pueda usar a conveniencia; es una realidad social que se expresa en demandas concretas, en lenguajes propios y en formas de organización distintas. Pretender encarnar a una generación sin contar con su participación genuina es, en el mejor de los casos, un error estratégico, y en el peor, una forma de engaño.

La marcha del domingo no fue un fracaso por su baja convocatoria, sino por su incapacidad de ser coherente con lo que dice representar. Un movimiento que se proclama ciudadano no puede estar atado a partidos; uno que se proclama juvenil no puede estar encabezado por adultos -muy adultos-; uno que se proclama justo no puede tolerar expresiones racistas y clasistas. La contradicción entre discurso y práctica es el verdadero talón de Aquiles de la Generación Z o quizá su verdadero ADN.

En tiempos donde la sociedad exige autenticidad y transparencia, la Generación Z México se ha convertido en un espejo de contradicciones: un recordatorio de que la legitimidad no se construye con slogans, sino con coherencia entre discurso y práctica. Lo que vimos el domingo fue, más bien, un intento fallido de apropiarse de una identidad generacional para fines políticos tradicionales. Y esa incoherencia, más que cualquier saldo numérico de asistentes, es lo que marcará la memoria de esta marcha.

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