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Francisco, la opción por los pobres

postal PP horizontal René González

El deceso del Papa Francisco conmueve más allá de los corazones de los fieles. Su palabra siempre clara a favor de los pobres, los excluidos y los perseguidos; así como su llamado al cuidado de la naturaleza le ganó simpatías más allá del seno de la Iglesia católica, mismo que encabezó durante 12 años. La huella que dejará su pontificado en la historia universal debe entenderse como una contribución de los anhelos y luchas que se enarbolan desde Nuestra América.

El primer latinoamericano en suceder al apóstol Pedro como obispo de Roma nunca renegó de sus raíces culturales y sus convicciones políticas. Como argentino que creció durante el ascenso político del peronismo en las décadas de los 40 y los 50 no fue ajeno a las reivindicaciones de justicia social que enarbolaron Juan Domingo Perón y Eva Duarte de Perón. Dos años después del bombardeo a la Plaza de Mayo y del golpe de Estado que derroca al presidente Perón en 1955, Jorge Mario Bergoglio decide consagrar su vida al sacerdocio e ingresa al noviciado jesuita.

Ya como religioso, tampoco fue ajeno a los ánimos renovadores que inundaron a la Iglesia durante el pontificado del papa Juan XXIII y los proyectos ecuménicos para abrir la Iglesia católica a otras expresiones del cristianismo, así como estrechar el vínculo con sus propios fieles. Así, el Concilio Vaticano II representó un hito para un clero que consideraba como amenaza cualquier intento de modernización de la liturgia y la vida eclesial, pero aún más trascendente para nuestro continente fueron las conclusiones de la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano realizado en Medellín en 1968.

De este acercamiento de la acción pastoral de los sacerdotes a los problemas cotidianos de los pueblos explotados nació la llamada Teología de la Liberación como un aporte dentro de la propia Iglesia latinoamericana para aliviar las enormes inequidades heredadas del pasado colonial y acrecentadas por la dependencia sostenida por las elites. Así, se institucionalizó un fuerte compromiso entre las llamadas Comunidades Eclesiales de Base y los curas que asumieron los postulados de esta opción preferencial por los pobres, quienes predicaron que la salvación en la tierra solo podría alcanzarse de manera integral, cuando se liberase al ser humano de toda estructura de opresión.

Estos son los postulados que condujeron a Bergoglio, cuando ya ejercía como provincial de la orden Jesuita, defender a los «curas villeros» e interceder por los representantes de la llamada Teología del Pueblo, perseguidos, encarcelados y ejecutados por la última dictadura militar en Argentina bajo la etiqueta de ser «agentes comunistas».

Su trayectoria como «Obispo de los pobres» hasta ser elegido Santo Padre o Vicario de Cristo no estuvo exento de dificultades, pero puede trazarse una línea recta entre sus convicciones sociales y los postulados éticos con que ejerció su pontificado.

No es un detalle menor que siendo un integrante de la Orden Jesuita, haya elegido la figura de San Francisco de Asís para adoptar su nombre como pontífice, justo quien predicó por medio de su propia pobreza e infinito amor a todos los seres vivos.

Dentro de una institución milenaria tan reacia a las transformaciones como lo es la Iglesia Católica no fueron pocas las reticencias y abiertos motines que enfrentó Francisco de parte de los sectores más retrógradas y conservadores que han hecho de su pertenencia al clero una justificación para sus privilegios e incluso garantía de impunidad para sus abiertos delitos.  La “Iglesia no necesita de príncipes”, les reprochó a los obispos mexicanos reunidos en la Catedral Metropolitana, plenamente consciente del papel que juega la jerarquía eclesiástica cuando se ponen del lado de poder económico y político, alejándose de su papel de pastores de sus congregaciones.

Esta crítica precisa al carácter elitista de muchos religiosos ha tenido efecto por venir del seno de la Iglesia misma y desde su más alto cargo; y más cuando se vuelve a poner el servicio los del prójimo como la razón de ser de un apostolado que pone en el centro al ser humano. Esta larga tradición del humanismo cristiano es retomada a lo largo de la historia por quienes protagonizaron los cismas dentro de la Iglesia e incluso por pensadores no creyentes, quienes comparten la urgencia de hacer de este mundo un lugar mejor para todos.

Que mejor ejemplo que las múltiples menciones que el presidente AMLO dirigió para reconocer al único dirigente de un Estado europeo que se manifestó en contra de la guerra y el genocidio de nuestros tiempos. El único que nuestro Presidente afirmaba que rebasó a los políticos “progresistas” por la izquierda y quien nunca se conflictuó porque lo llamaran peronista, comunista o populista.

Creyentes y no creyentes aprendimos que el amor al prójimo, tender la mano a los desposeídos y defender a los pobres es, también el centro del Humanismo y que coincidir con la Iglesia comprometida con la justicia no es ningún pecado para la izquierda.

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