La migración no es un crimen. Es un acto de esperanza, una respuesta humana a la desesperación y en muchos casos, un derecho negado por quienes olvidan la historia. Hoy mientras Donald Trump vuelve a ocupar espacios de poder y odio con su política antinmigrante, es urgente levantar la voz por quienes cruzan desiertos, fronteras y barreras invisibles en busca de una vida digna.
Trump ha hecho de los migrantes su blanco político favorito. Desde su primer mandato, construyó una narrativa de miedo llamándolos criminales, pandilleros y traficantes. Pero detrás de esa narrativa están mujeres, hombres, niñas y niños que solo quieren trabajar, estudiar, vivir en paz. Son personas que huyen de la pobreza, la violencia o el abandono institucional y que veían en Estados Unidos no el “sueño americano”, sino una tabla de salvación.
Lo más contradictorio es que muchos de esos migrantes que Trump desprecia pisan tierras que históricamente fueron parte de México. Texas, California, Nuevo México, Arizona, Nevada, Utah, partes de Colorado y Wyoming no siempre fueron territorio estadounidense. Hasta 1848 tras la invasión militar y el Tratado de Guadalupe Hidalgo ese vasto territorio era mexicano. La frontera como la conocemos hoy es el resultado de un despojo. No se cruzó la frontera, la frontera nos cruzó a nosotros!
Con esa perspectiva histórica, ¿cómo se puede justificar que quienes migran sean tratados como invasores en su propia tierra ancestral? La línea divisoria actual no debería borrar siglos de cultura, raíces e identidad que se tejieron antes de que Estados Unidos existiera como nación. Cuando un mexicano o centroamericano cruza a Estados Unidos, también lleva consigo una memoria viva de esas tierras. No son extraños, son parte del mismo legado.
Sin mencionar que la economía de Estados Unidos depende profundamente del trabajo migrante. Son los migrantes quienes recogen los cultivos, limpian oficinas, construyen casas, cuidan niños y ancianos. En los hospitales, en los restaurantes, en los hoteles, los migrantes sostienen sectores completos.
Muchos trabajan sin papeles, sin derechos laborales plenos, sin seguridad social, pero con un compromiso feroz, a pesar de ello son explotados y al mismo tiempo señalados. Esa doble moral es insostenible.
Trump ha prometido redoblar las deportaciones, militarizar la frontera y negar asilo. Todo ello en nombre de “la seguridad nacional”. Pero la verdadera amenaza a esa seguridad no son los migrantes, es el racismo institucional, el odio convertido en política y la negación sistemática del valor humano.
Cuando se encierra a niños en jaulas, cuando se separan familias, cuando se criminaliza al que busca vivir, no estamos hablando de ley, estamos hablando de inhumanidad.
Defender la migración es una causa de justicia, es también un acto de memoria porque migrar ha sido siempre parte de la historia humana. Los migrantes de hoy no son distintos a los irlandeses, italianos o judíos que llegaron al mismo país en siglos pasados. La única diferencia es el color de su piel y su idioma. ¿Por qué a unos se les recibe con oportunidades y a otros con muros y rechazo?
Es hora de dejar de ver a los migrantes como víctimas silenciosas y comenzar a verlos como la resistencia. Cada paso en el desierto, cada trabajo asumido con dignidad, cada frontera cruzada, es un acto de afirmación frente a un mundo que muchas veces les dice “no perteneces”. Y sí pertenecen, porque ningún ser humano es ilegal, porque la tierra que pisan alguna vez fue suya, porque su lucha es la de todos los pueblos que han sido desplazados, humillados, pero nunca rendidos.
Estados Unidos no se hará más fuerte cerrando sus puertas, sino abriéndolas. No será más seguro persiguiendo a niños migrantes, sino combatiendo las causas estructurales de la migración como lo es la desigualdad, violencia o el cambio climático.
México por su parte, no debe callar ante el discurso de odio, debe recordar su historia, alzar la voz por su gente y acompañar a quienes migran como una prioridad de política exterior y de justicia social.
En este mundo, nadie debería tener que dejar su hogar para sobrevivir, pero mientras eso siga ocurriendo, el mínimo deber ético de las sociedades es no criminalizar el dolor, sino acompañarlo.
Migrar es un derecho, defender a los migrantes es defender la dignidad humana y recordarle al mundo que las fronteras pueden dividir países, pero no pueden borrar raíces ni detener sueños.




