miércoles, 15 abril 2026

Fuego en el Golfo, presión sobre México

El reciente bombardeo de Estados Unidos a infraestructura estratégica en Irán marca un quiebre. Ya no se trata de sanciones o guerras por intermediarios: el uso directo de la fuerza ha regresado como herramienta de poder explícito. La región del Golfo, clave para el suministro mundial de energía, está al borde de un nuevo ciclo de inestabilidad, con efectos inmediatos en los mercados globales.

El precio del crudo ha aumentado más de 10% desde junio, impulsado por amenazas al Estrecho de Ormuz, ataques a embarcaciones y el riesgo creciente sobre las terminales de exportación. Esta vez no se trata de especulación, sino de disrupciones reales. En este tablero de alta tensión, México no puede darse el lujo de mirar desde la distancia.

Nuestro país importa más del 70% de su gas natural desde Estados Unidos, y cerca del 45% de su electricidad depende de ese insumo. Un conflicto prolongado elevaría los precios internacionales, pondría presión sobre las finanzas públicas y limitaría el acceso a gas para quienes no estén dispuestos a pagar más. Lo vimos en 2021 con el congelamiento en Texas. Esta vez, la causa sería geopolítica.

En este contexto, fortalecer la soberanía energética es más urgente que nunca. El gobierno actual ha asumido ese desafío con claridad, dotando al Estado mexicano de un nuevo andamiaje jurídico que le permite tomar decisiones con visión de largo plazo. Desde la Secretaría de Energía, Luz Elena González encabeza una tarea estratégica: garantizar seguridad energética, proteger a la población y encauzar el futuro de Pemex y CFE en un entorno global volátil.

Existen ventanas de oportunidad. Precios más altos pueden permitir a Pemex mejorar su posición financiera, y acelerar proyectos estratégicos de exportación. Pero el camino exige firmeza. Aunque figuras como Bill Gates, Sam Altman y Peter Thiel invierten en tecnologías disruptivas como la fusión nuclear o la captura de carbono, esas soluciones aún no están listas.

México debe actuar con realismo y liderazgo. No puede controlar el conflicto global, pero sí puede prepararse para resistir sus ondas expansivas. Hoy más que nunca, el Estado tiene la responsabilidad —y las herramientas— para asegurar una transición energética soberana.

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