Elegido por el sistema político priista y no por el pueblo de México, desde el primer minuto del 1° de diciembre de 1998, ya como presidente espurio de México, Carlos Salinas emprendió la contra ofensiva hacia lo que representaban Cuauhtémoc Cárdenas y el movimiento democrático del que Andrés Manuel López Obrador surgía como referente del sureste. La estrategia salinista para legitimarse en el poder implicó el uso del aparato del Estado como instrumento de la represión, la guerra sucia, y la violencia política contra la disidencia verdadera al gobierno.
El 10 de enero de 1989, Salinas dio un manotazo al interior del PRI en el llamado “quinazo”, encarcelando al líder caciquil del sindicato petrolero Joaquín Hernández Galicia “La Quina”, en un mensaje a la clase política clientelar y corporativa, hacia la “legitimación” en los hechos que sería la estrategia salinista.
De manera soterrada, se dio la represión contra las fuerzas de izquierda agrupadas primero, en el Frente Democrático Nacional (FDN), y después, en el PRD. Esta guerra de baja intensidad que incluyó desapariciones forzadas, detenciones arbitrarias, persecución, encarcelamiento y asesinatos fue inexistente para los medios convencionales de comunicación, en especial para Televisa que dominaba el espectro informativo, y también para IMEVISIÓN que fue la segunda televisora de impacto nacional –de carácter público–, hasta el 18 de julio de 1993 cuando también fue privatizada por Carlos Salinas, a favor del otro Salinas, el Ricardo Salinas de hoy.
El salinismo emprendió la violencia de Estado contra “la oposición mala”, representada principalmente por el PRD. Al mismo tiempo el régimen priista inició el maridaje político con el PAN “la oposición buena” a través de las concerta–cesiones. En julio de 1989 Carlos Salinas reconoció en el panista Ernesto Ruffo, el primer triunfo opositor para una gubernatura, mientras consumó un nuevo fraude en Michoacán, negando el triunfo en varias alcaldías donde el naciente PRD tenía su bastión devenido del cardenismo; ese estado se convirtió en un foco de resistencia y por ende ahí se agudizó la represión.
La violencia política promovida o solapada desde el salinismo tuvo sus principales focos en los bastiones perredistas de Michoacán, Guerrero, Veracruz y Tabasco, donde la escalada contra la lucha democrática significó asesinatos de dirigentes, militantes y simpatizantes del PRD, y de otros colectivos locales. En comicios estatales o municipales después del fraude electoral para mantener en el poder a los cacicazgos locales, ante las protestas sociales venía la represión selectiva.
Desde que Carlos Salinas de Gortari era candidato presidencial hubo graves indicios del sello que caracterizaría el trato que estaba dispuesto a dar la nueva versión del PRI –anclado ya en el dogma neoliberal–, contra quienes se habían atrevido a desafiar políticamente el sistema. Días antes de las elecciones presidenciales del 6 de julio de 1988, son asesinados Xavier Ovando y su ayudante Román Gil, del equipo estratégico electoral de campaña del candidato presidencial Cuauhtémoc Cárdenas. Sus cadáveres fueron encontrados en un auto en la Colonia Merced Balbuena. Eran los responsables de la defensa del voto a nivel nacional del FDN.
Otro terrible suceso aconteció el 20 de agosto de 1988, con Carlos Salinas ya como ganador oficial de los comicios, el asesinato de cuatro jóvenes cardenistas en el DF, este crimen fue cometido por policías judiciales que balearon a los jóvenes.
El sexenio salinista que edificó un castillo de naipes a través del férreo control político y mediático, del nacimiento del PRIAN y del clientelismo del Programa Nacional de Solidaridad PRONASOL, se fue conociendo en contraparte entre la opinión pública informada como el sexenio de los asesinatos políticos de cientos de perredistas.
Hélène Combes, profesora-investigadora en Sciences Po Paris, realizó un estudio para desentrañar dichos crímenes y obtuvo –entre otras– las siguientes conclusiones:
“La base de datos que he construido contiene el registro de 265 militantes del PRD asesinados entre 1989 y 1994. Los homicidios de perredistas se concentran en cuatro estados, en los que se registran el 77% del total de los casos: Michoacán (27%), Guerrero (25%), Oaxaca (15%) y Puebla (10%).
“En el 20% de los casos los victimarios son identificados como «pistoleros»; el 27% como policías; el 31% como militantes del PRI. Solo en el 19% de los casos no se identifica el «perfil» de los perpetradores”.
De todas las historias de dolor de los cientos de opositores asesinados durante el salinismo, en la radio y la televisión no hubo más que silencio, todo testimonio sobre la represión que se recrudecía en el México profundo era censurado o silenciado. Hoy que Televisión Azteca trasmite en vivo las marchas sería bueno dedicaran algunos programas a decir la verdad de la represión de aquellos años, pero el cinismo y la hipocresía no les permitirían revisar el tiempo político del que nacieron como beneficiarios del poder de un gobierno corrupto y antipopular.



