¿Habrá otra cita con ángeles?

La violencia crece sin pudor entre naciones y en nuestras propias calles, mientras líderes juegan con presupuestos de guerra. Debemos bajar el odio, subir la humanidad, y preguntarnos si aún somos dignos de una cita con ángeles.

Desde los tiempos más remotos vuelan los ángeles guardianes, como dice Silvio Rodríguez en su “Cita con ángeles”, tratando de decirnos algo que —tercos— nos empeñamos en no escuchar. Quizá nos advierten que, históricamente, hemos trazado las grandes líneas divisorias de la humanidad con la tinta oscura de la violencia. Que no hay frontera, ni dogma, ni sistema que no haya nacido o muerto al filo del odio.

¿Será esa nuestra condena irrenunciable?

¿Estamos atados a esa lógica brutal, donde los cambios sociales solo se certifican con el dolor ajeno?

¿O simplemente seguimos un instinto mal domado, que todavía podemos reeducar hacia un verdadero desarrollo social y cívico, sin el riesgo perpetuo de que la justicia se tuerza en nuevas injusticias?

Quizá podamos, si nos lo propusiéramos, tratar nuestros problemas con la templanza del estoico y no con el vértigo del fusil.

Hoy el mundo hierve de tensiones. Gaza sufre con una vehemencia que traspasa las pantallas; Irán se mueve entre ataques y defensas que se confunden hasta volverse la misma ráfaga; y en Israel, en nombre de un legítimo derecho a existir, pareciera que unos pocos buscan un pretexto para subyugar. Pero ¿realmente son las bombas la voz de los pueblos gritando? Habría que pensar que algunos gobiernos, por el simple atrevimiento de creerse la voz total de sus pueblos, terminan defendiendo intereses mezquinos que pisotean a su propia gente y golpean sin reparo a quienes encuentran al paso.

Mientras tanto, en La Haya, la OTAN se reúne y firma acuerdos que buscan elevar los presupuestos militares hasta un 5 % del PIB. Un cálculo que mide el futuro en ejércitos y el progreso en arsenales. Y aunque algunas naciones alzan la voz para decir “no”, para marcar su desacuerdo con esa inercia belicista, la maquinaria global sigue aceitada por contratos de defensa y pactos de pólvora. Como si el miedo fuera el único motor posible para la cooperación internacional.

Así, la violencia se derrama, no solo sobre esos mapas donde las bombas caen con puntualidad infernal, sino también aquí, en México, en las calles que se han vuelto pasillos de la barbarie; o en Estados Unidos, donde el estruendo de las armas ya compite con el de las sirenas cotidianas.

Quizá, solo quizá, como ruega Silvio en esa canción que nos estremece y nos acusa, podríamos proponernos ser un tilín mejores y mucho menos egoístas. Tal vez entonces esos ángeles urgentes, que llevan siglos de frustración volando en círculos sobre nuestra terquedad, encuentren al fin un lugar donde posar sus alas. Y nosotros, por primera vez en la historia, descubramos que la paz no se compra con cañones; primero se cultiva aquí abajo, en el terreno más complejo y fértil de todos… el corazón humano; después hablamos de tratados.

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