Historiografía emocional: campañas políticas 2021

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Historiografía emocional: campañas políticas 2021

Por Pluma Invitada | miércoles, 07 de abril del 2021.

La diferencia entre un sentimiento y una emoción es que el sentimiento es el estadio. Las vendas en las rodillas de quien atraviesa una fase afectiva se generan por el desgaste de los sentimientos: es importante categorizarlos como un proceso, acaso causal, y no como un punto.

Desde que el Presidente puso en la agenda las emociones, años antes de ganar la presidencia, esquematizando temas como amor, honestidad y bondad como valores que el pueblo tiene y que debían resonar en las prácticas del soberano, la narrativa política en México, siempre polisémica, considero una acepción más, la del plano emocional. Quien no participa en política hoy en día, es porque está conforme con las cosas como están. A partir de la asimilación social de este fenómeno emocional, lo mismo nos sucede cuando nos han roto el corazón que en política: la desilusión y el hartazgo conmutan la balanza de nuestras preferencias.

La política, tradicionalmente entendida en términos aristotélicos, es cualquier retórica o decisión instrumental que afecte a la mayoría. Una de las nuevas extensiones de la palabra que más estoy estudiando que trata mi maestro, el doctor Héctor Ghiretti, es la de ver la política contemporánea como un sistema de medición de la felicidad. Sin ahondar sobre el complejo entramado de felicidad como categoría, de manera sucinta planteémoslo como medida de tranquilidad (y bienestar).

El soberano, erróneamente entendido como el poder del Pueblo, y que en realidad es, en términos rossonianos, el poder que el Pueblo otorga para autoorganizarse, ha cambiado con la introducción de los sentimientos. Me explico: si bien el soberano se encargaba históricamente de hacernos acatar el muss sein (el deber ser), en esta época que prepondera primordialmente los derechos individuales, el soberano se ha convertido en un testigo del ser y su concepción se materializa para proteger valores como la libertad, el respeto y la tolerancia. Cuando alguno de estos se ha transgredido, lo primero que se zahiere en el individuo, es una emoción.

El Presidente de la República es el mejor ejemplo que tenemos de un buen entendedor de dialéctica política-felicidad y, en ese tenor, Ricardo Anaya es un ejemplo ridículo de romantizar cierto hartazgo que, curiosamente en los estratos que busca, no encontrará.

Todas estas ideas en torno a las emociones en política, claro, han sido bien teorizadas en nuestro siglo, pero se precisa de este tipo de cartografía-resumen para entender el origen histórico de narrativa proselitista con que conversaremos los siguientes 60 días los mexicanos. Las campañas políticas de todos los partidos no exentarán apelar, siempre con matices emotivos, a una dicotómica entre hacer algo ante el hartazgo o prevalecer la continuidad de un proyecto (saludos a quienes se reeligen). En este curso, diría yo que sentir es elegir.

Por Pluma Invitada | miércoles, 07 de abril del 2021.

Pluma Invitada

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