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La 4T: más allá de la memoria, la reivindicación

postal PP horizontal Valeria Torres

Nos enseñaron que la memoria debe dormir en archivos, quieta y empolvada. Que debíamos tratarla como fecha en el calendario, como estatua que nadie mira, como ceremonia que se repite sin alma. Pero en la Cuarta Transformación no la queremos muerta ni domesticada. Por eso la arrancamos de las vitrinas y la devolvemos a la calle. La convertimos en herramienta, en semilla.

Durante siglos nos enseñaron una historia mutilada. El bronce guardaba los nombres de los de arriba y el silencio borraba a quienes cargaron sobre sus espaldas el peso del país. Obreros sin nombre, campesinos sin tierra, mujeres reducidas a “esposas de” o “incapaces” en los códigos civiles. La desmemoria fue siempre la estrategia del poder: callar, borrar, maquillar.

Hoy, la 4T devuelve los nombres. Pensamos la historia no como inventario, sino como territorio en disputa. Por eso, al decir Josefa Ortiz Téllez-Girón, ya no se le encierra en el apellido del esposo ni en el lugar común de la estampa escolar. Se le nombra entera: la Corregidora, mujer con identidad y voz propia, que nos recuerda que el fuego de la independencia no nació solo en los cañones, también en la rebeldía de quienes se atrevieron a escuchar y a decir.

Saberla, conocerla, revivirla y reivindicarla es el camino para entender que cada nombre olvidado fue una vida arrebatada por la desmemoria, y que traerlos al presente es un acto de justicia. No basta con leer las efemérides como cuentas de un rosario cívico; se trata de comprender que esa historia nos pertenece, que nos atraviesa y que nos obliga a actuar. Por eso en la 4T convertimos la memoria en energía transformadora: porque recordar sin reivindicar es olvidar de nuevo.

Esa reivindicación se expresa también en algo tan aparentemente simple como nombrar. Tras más de 200 años desde la primera Constitución y 71 años del reconocimiento pleno de la mujer como ciudadana, por primera vez nos vimos en la obligación de escribirnos completas. No solo los ciudadanos, también las ciudadanas. No solo los mexicanos, también las mexicanas. Cada palabra en femenino es un triunfo contra la amnesia impuesta. Es un homenaje a las que resistieron en silencio, a las que soñaron un país distinto sin verlo nacer, a quienes cargaron con la nación sin aplausos ni retratos.

No es un gesto pequeño. Cuando se cambia una palabra en la ley, se abre un mundo. Lo saben las mujeres que hoy legislan, juzgan, gobiernan. Lo saben las cuidadoras que antes fueron invisibles y ahora son reconocidas en programas que las ponen en el centro. Lo sabe un país que aprendió que el lenguaje no es ornamento, sino justicia.

La transformación no se queda en la gramática. Se refleja en congresos y gabinetes paritarios, en políticas públicas que buscan igualdad real. La memoria reivindicada no es un discurso solemne: es salario digno, es derecho a una vida libre de violencia, es una Constitución escrita con todas las voces.

Por eso, la memoria se convierte en una práctica política: no se trata de colgar cuadros en el salón de clases, sino de hacer que esa lucha inspire y legitime derechos hoy. La historia ya no se observa desde la vitrina, se vive y se prolonga en las calles, en los congresos, en las plazas donde la Presidenta camina entre la gente rindiendo cuentas. Y también en lo cotidiano: la memoria debe habitar en lo ordinario, en las sobremesas, en las canciones, en las palabras que heredamos y repetimos sin darnos cuenta. Solo así deja de ser museo y se convierte en raíz.

La desmemoria es útil a los poderosos: permite glorificar al cazador y condenar al silencio a la presa. Así se nos narró México durante siglos: como un país de vencedores solitarios y derrotados invisibles. Pero cuando la memoria se vuelve del pueblo, la cacería se cuenta distinto. Las víctimas hablan, las olvidadas regresan, las invisibles se hacen presentes. Y entonces la historia ya no pertenece a los de siempre.

Eso es lo que distingue a la Cuarta Transformación: no gobierna solo el presente, sino que desentierra el pasado para hacerlo justo y siembra un futuro distinto. Recupera las voces que el poder había callado: pueblos originarios, trabajadores, obreras, mujeres. Les devuelve no solo un lugar en los libros, sino un sitio en la vida política y social del país.

La memoria reivindicativa también enseña. Enseña a las nuevas generaciones que la historia puede corregirse, que no es un relato fijo, sino una construcción colectiva. Que si antes las mujeres eran “auxiliares” de la patria, hoy son Presidentas, juezas, legisladoras. Que si antes los pueblos eran reducidos a estorbo, hoy son sujetos de derechos.

La 4T ha hecho de la memoria algo vivo, incómodo, fértil. No se limita a conmemorar: repara, nombra, reconoce. Porque hasta que quienes cargaron en silencio con el país puedan escribir también la historia, esta seguirá contada por los vencedores.

La memoria ya no es silencio. Es palabra. Y la palabra, cuando se hace ley, es libertad.

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