México se ha propuesto convertirse en la décima economía global. Para lograrlo, no basta con atraer inversión y promover la reindustrialización: es indispensable reequilibrar las prioridades del desarrollo nacional e incorporar plenamente a regiones históricamente subintegradas. El sureste representa una plataforma estratégica para la nueva economía.
Aunque no goza de la cercanía geográfica con Estados Unidos que ha favorecido a los estados del norte y centro, el sureste posee otras ventajas: acceso a dos océanos, reservas energéticas clave, abundancia hídrica, costos laborales competitivos y una población joven en formación técnica. Si los tres estados de la región consolidan una red densa de infraestructura vial y ferroviaria —incluyendo terminales intermodales, patios operativos y polos de bienestar—, el territorio podría convertirse en un nodo logístico de alto rendimiento. Pero para lograrlo, es clave definir las vocaciones territoriales, articularlas con el sector privado y acelerar procesos regulatorios.
Si se consolidan las inversiones públicas en transporte y energía, y se desarrollan capacidades productivas desde el territorio, el sureste puede detonar nuevas cadenas de valor. Su integración no es un asunto simbólico: es una decisión racional que puede fortalecer la resiliencia industrial de México, diversificar sus rutas logísticas y evitar una concentración territorial que limite su potencial.
En un contexto global donde los capitales buscan certidumbre, sostenibilidad y acceso a insumos críticos, México podría convertirse en un nodo estratégico. Pero si la nueva industrialización se concentra solo en regiones con infraestructura consolidada —como el Bajío o la frontera norte— el llamado “Plan México” corre el riesgo de agravar las brechas estructurales y desperdiciar ventajas emergentes del sur.
Mientras el centro y norte del país cuentan con encadenamientos consolidados y capacidades acumuladas, el sureste parte de una base más débil. Pero eso no significa que no pueda desarrollarlos. El reto es construirlos con claridad estratégica a partir de eslabones donde ya existen ventajas: transformación agroalimentaria de productos tropicales con valor de exportación, ensamble de piezas médicas, servicios digitales desde ciudades conectadas y módulos eléctricos para maquinaria ligera.
Estos segmentos responden a atributos claves: disponibilidad de recursos, costos operativos competitivos y ecosistemas técnicos en expansión. Detectarlos, desarrollarlos y articularlos territorialmente podría ser el verdadero diferencial del Plan México. Ahí se juega, más que en los slogans, la inclusión efectiva del sureste en la nueva estrategia industrial.
México enfrenta un dilema estratégico que no es solo técnico: es político. Los estados del norte exigen que la inversión pública regrese tras un sexenio enfocado en el sur. Y el nuevo gobierno enfrenta la presión de atender regiones productivas con pérdida de empleos formales. Pero si en nombre de la empleabilidad inmediata se desatienden los proyectos estructurales del sur, se corre el riesgo de dejar inconcluso el corazón territorial del obradorismo.
No se trata de elegir entre regiones, sino de evitar una política industrial de doble velocidad: una que invierte donde ya hay todo, y otra que olvida donde apenas se sembró. Invertir en el norte no amenaza el legado de Andrés Manuel, siempre que no implique abandonar lo que empieza a madurar en el sur. Porque ahí también se juega la transformación.
Nunca antes se había invertido tanto en infraestructura estratégica para el sur. Pero esa inversión no basta si no se acompaña de planeación territorial con criterios técnicos, visión institucional y proyectos que no dependan del voluntarismo político. Lo que falta no son recursos, sino articulación: integrar cadenas productivas, convocar al sector privado, construir consensos regionales.
El legado no se mide en encuestas, sino en estructuras que permanecen. El Plan México puede ser la política industrial que corrija décadas de desequilibrio, o una promesa inconclusa. Ahí está el desafío. Y también, quizás, la oportunidad más transformadora —o más desperdiciada— del sexenio.





