Hace unas semanas escribí sobre la “Arquitectura hostil, exclusión y clasismo”. Si no has tenido oportunidad de leer ese texto, te invito a consultarlo en el siguiente enlace: https://elsoberano.mx/plumas-patrioticas/arquitectura-hostil-exclusion-y-clasismo.
Me interesa que lo leas, pues esta nueva reflexión puede considerarse una extensión de ella.
Pensar en la arquitectura únicamente como el diseño y la construcción de edificaciones es una visión reducida. Todo lo que nos rodea está cargado de simbolismo, valores culturales, sociales e incluso traumas de personajes políticos del pasado, que han terminaron fijandoprejuicios en la sociedad mexicana. Rebasando la arquitectura por mucho sus funciones utilitarias.
Lo primero que debemos entender es que incluso lo que parece más cotidiano tiene una dimensión política. Nada es completamente neutral, haya o no una intención política explícita.
Tan solo la arquitectura de la Ciudad de México se puede apreciar una mezcla de estilos —prehispánico, colonial, moderno y contemporáneo—, y esto, sin duda, es política. No solo por las formas de urbanismo que, como se señaló en la colaboración anterior, actúan como instrumentos de control, exclusión y clasismo, sino también porque reflejan periodos específicos de la historia de México y su integración cultural. Repasemos brevemente algunos hitos.
Templos y centros de poder prehispánicos.
Las construcciones de las antiguas civilizaciones mesoamericanas dejaron clara la estrecha relación entre lo político y lo divino. Eran ciudades organizadas alrededor de plazas centrales que estructuraban tanto la vida ceremonial como la política.
Los templos, por ejemplo, no solo cumplían una función religiosa, sino que también reforzaban jerarquías sociales: los grupos nobles se ubicaban en el centro, mientras que los sectores menos favorecidos quedaban en las periferias. Una distribución que responde a una lógica de poder y dominación.
En Teotihuacán, por ejemplo, las pirámides del Sol y de la Luna no eran únicamente monumentos religiosos; también eran centros de poder que proyectaban la autoridad de las élites sobre el resto de la población.
Esta relación entre arquitectura, poder y espiritualidad no era exclusiva de Teotihuacán. En ciudades como Monte Albán, Tenochtitlán o Palenque, la arquitectura servía como medio para legitimar a las clases gobernantes, quienes se presentaban como intermediarios entre los dioses y el pueblo.
Influencias francesas en la Condesa, Roma y la Juárez.
Durante el mandato de Porfirio Díaz, entre 1876 y 1911, la aculturación francesa se impuso como un fenómeno destacado que permeó el desarrollo urbano, arquitectónico y cultural de México. Este proceso de afrancesamiento formó parte de una estrategia política deliberada para proyectar al país como una nación moderna y cosmopolita. La influencia arquitectónica más notable provino del modelo Haussmann, responsable del rediseño de París bajo Napoleón III, caracterizado por la creación de amplias avenidas, espacios arbolados y glorietas monumentales.
Porfirio Díaz buscaba borrar las huellas del pasado colonial y consolidar un México laico, moderno y centralista, legado que aún perdura en colonias emblemáticas como la Condesa, la Roma y la Juárez.
El Porfiriato se distinguió por su arquitectura de inspiración europea, ejemplificada en edificaciones emblemáticas como el Palacio de Bellas Artes, el Palacio de Correos y el Hospital General, además de la significativa expansión del sistema ferroviario que conectó diversas regiones del país.
No obstante, esta narrativa política autoritaria, centrada en el progreso y la modernización, ocultaba una realidad profundamente oligárquica. La modernización impulsada por Díaz también implicaba la subordinación —por no decir la desaparición— de las raíces culturales e indígenas de México, con el propósito de imponer una identidad nacional homogénea y excluyente.
En suma, el legado arquitectónico de la política, más allá de la modernidad, revela estrategias y narrativas determinadas por cúpulas políticas, que han impuesto una visión hegemónica que invisibilizó y marginó raíces culturales e indígenas del país. Sin embargo, esta pluma no termina con ese periodo, en mi próxima columna abordaré cómo la arquitectura contemporánea continúa siendo un instrumento político que refleja y reproduce las tensiones sociales, económicas y de poder en el México actual, cuestionando quién realmente se beneficia de esos espacios y a qué costo.




