La diferencia está en la construcción de mayorías políticas y sociales. Un proyecto progresista requiere de organizarse y organizar a la sociedad en todo su conjunto. La democracia real nos regala la posibilidad de plantearnos entre diferentes y encontrar coincidencias para avanzar hacia el futuro.
Más allá de las canonjías que brinda el poder, el verdadero acierto en su manejo es la capacidad que se tiene para replantearlo y transformarlo. De nada servirán las luchas históricas por la democracia y la justicia social si replicamos los esquemas del pasado: el corporativismo, el clientelismo, la compra de las consciencias y la lucha del poder por el poder.
Un movimiento político de izquierda se diferencia de las derechas y el centro por su capacidad de transformación de las condiciones estructurales de dominación, porque fundamentalmente parte de la idea de concebir al ser humano como un sujeto transformador, pero reprimido bajo el dominio del dinero y el poder.
Es decir, la izquierda lucha contra el dominio del opresor cuando este subordina su existencia y controla sus condiciones materiales (su trabajo, su salario, su vida intelectual, cultural, política y social). La izquierda lucha por que el ser humano desarrolle capacidades para su propio beneficio y disfrute de su vida proporcionalmente a su esfuerzo, fruto de sus manos.
Busca la ampliación de los derechos en el terreno legal. Esa es una manifestación del avance de las luchas progresistas en México. La Revolución Mexicana muchas veces es desestimada en el plano internacional, pero fue anterior a la de Rusia en 1917. Tuvo un programa social y fue hecha por el campesino. Su producto está fuertemente marcado en los artículos constitucionales 27 y 123, por mencionar algunos: el dominio del Estado sobre los recursos naturales para su explotación y beneficio del Pueblo de México, y el derecho al trabajo, la huelga y la remuneración justa. Estos mismos fueron modificados en el periodo neoliberal, con la reforma energética de Peña Nieto de 2013 o la Reforma de a las Leyes de Seguridad Social de Calderón en 2007.
La Revolución Mexicana trajo el reparto agrario, el derecho a la educación, a la salud, y los derechos políticos de asociarse, de votar y ser votado, la no reelección.
Desde luego, volver realidad estos anhelos sociales y democráticos ha costado en nuestro país, ya lo he mencionado anteriormente, pero no está por demás ser reiterativo, sobre todo cuando nos percatamos que existen flaquezas o se debilita la mística de una política formulada desde la izquierda.
Y aquí hay que ser enfático, también, en decir que no existe una sola izquierda o que solamente un esfuerzo político debe ser reconocido como el único con la capacidad de transformar, pues los movimientos progresistas son muy diversos. Esa posibilidad la ha brindado la democracia: no podemos decir que existe una sola forma de ser izquierdista, por ejemplo.
Es por lo que la actual Presidenta, Claudia Sheinbaum Pardo, ha sido asertiva en reconocer que existe la necesidad de recuperar el sentido democrático de las luchas políticas que han pugnado por una verdadera vida política digna. La no reelección debe ser entendida desde esta perspectiva. Todos los mexicanos tienen derecho a votar y ser votados, así como todos tienen la capacidad de decidir y definir su forma de gobierno. La Revolución Mexicana terminó con el dominio de una dictadura, y la no reelección es la necesidad de preservar el legado revolucionario, sí. Sin embargo, en el México moderno también representa tener una democracia que sanee los procesos políticos donde se han llegado a formar cotos de poder, ya no digamos de partidos, sino de grupos o camarillas.
La capacidad de desarrollarse políticamente en el México democrático está a su vez relacionada con la capacidad de entender estos valores y hacerlos permeables en la sociedad. La democracia no es cosa de elecciones y salir a votar cada vez que exista un proceso electoral, sino de formarnos y ocuparnos de los asuntos públicos desde todos los niveles de gobierno en conjunto con la sociedad.
Las personas tienen que asimilar los valores de la tolerancia, el respeto, el diálogo y la convivencia con quien piensa diferente para concertar y encontrar situaciones de coincidencia que permitan construir alternativas a la imposición, la intolerancia o los pensamientos únicos.
Considerar la construcción, cohesión y sostenimiento de una mayoría política y social es lo que hará que los proyectos políticos sean perdurables y tengan futuro, pues los sentimientos a veces son pasajeros y endebles a las circunstancias de la vida. Una posición política que construye sus fuerzas sociales y las trasmina a la acción política colectiva tiene posibilidades de transformar su entorno.
Es allí donde la tarea aún no termina y no debe ser atribuida a una sola persona, es una tarea colectiva.




