Por: Frank Aguirre
Durante décadas nos vendieron una idea simple y cómoda: que la democracia tenía un centro geográfico, un idioma oficial y un manual único. Que provenía de Occidente, se exportaba en aviones y se defendía con sanciones, bloqueos o bombas “humanitarias”.
Ese relato hoy se esfuma. El mundo entró en un nuevo orden internacional y la democracia atraviesa una de sus crisis más profundas, no porque los pueblos la rechacen, sino porque las potencias que decían custodiarla la convirtieron en instrumento de dominación.
La pretensión de que Estados Unidos y sus aliados encarnan por sí solos la democracia se ha vuelto insostenible: Guerras preventivas, golpes de Estado, secuestros de presidentes, sanciones económicas que castigan poblaciones enteras y un doble rasero evidente, han terminado de vaciar de contenido ese discurso.
Basta revisar la historia reciente: Irak, Libia, Afganistán. Intervenciones hechas “en nombre de la democracia” que terminaron en Estados colapsados, millones de muertos y regiones enteras sumidas en el caos. La democracia no floreció. El desorden sí.
La escalada discursiva y política de Donald Trump no es una anomalía aislada. Es el síntoma más crudo de una potencia que ya no sabe liderar sin imponer. Amenazas, sanciones, chantajes comerciales y desprecio por el multilateralismo no buscan fortalecer la democracia: buscan retener hegemonía desesperadamente.
El problema es que el mundo ya no responde igual. Cada acto de coerción acelera la fragmentación del poder global y empuja a los países a buscar alternativas políticas, financieras y diplomáticas.
La democracia ya no es unipolar. Hoy el poder se distribuye. El bloque BRICS, la cooperación Sur–Sur y la diversificación de alianzas muestran que no hay un solo modelo político ni un solo árbitro mundial. Y eso incomoda a quienes estaban acostumbrados a dictar reglas. En este nuevo escenario, la democracia deja de ser una marca registrada y vuelve a su esencia: la capacidad de los pueblos para decidir su propio destino, sin tutelajes externos.
El mayor riesgo de nuestro tiempo no es la multipolaridad. Es la instrumentalización de la democracia. Cuando se invoca para justificar bloqueos, secuestros de mandatarios, injerencias o guerras, deja de ser un valor universal y se convierte en coartada política.
La pregunta clave no es quién se autoproclama democrático, sino: ¿Respeta la soberanía de otros pueblos? ¿Acepta reglas multilaterales? ¿Tolera que existan modelos distintos al suyo?
Sin esas respuestas, la palabra democracia queda hueca.
En este contexto, la postura de países que defienden la no intervención, la autodeterminación y la solución pacífica de los conflictos no es neutralidad cobarde: es defensa activa de la democracia real. La que no se impone, la que no se exporta con misiles, la que se construye desde dentro. Defender la soberanía ajena es, también, defender la propia.
La democracia del nuevo orden mundial no será homogénea ni perfecta. Será plural, conflictiva y en disputa. Pero tendrá una condición básica: no podrá sostenerse sobre la imposición de una potencia sobre el resto.
O se reconstruye como principio compartido —basado en respeto, cooperación y reglas comunes— o seguirá degradándose en discurso vacío mientras la realidad camina por otro lado.
Cuando la democracia se confunde con hegemonía, deja de ser democracia.
Y cuando un imperio pretende decidir por todos, lo que está en crisis no es el mundo: es el imperio.
La historia ya cambió de página.



