Ciudad de México a 4 diciembre, 2025, 23: 56 hora del centro.
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La derecha aprovecha la sangre para hacer política

Héctor Zariñana-H

El brutal asesinato del alcalde de Uruapan, Michoacán, Carlos Manzo, ha cimbrado al país entero. Un hecho que debería unirnos en la exigencia de justicia y en la defensa de la vida pública se ha convertido, lamentablemente, en un nuevo escenario para que la oposición, esa derecha carroñera y mezquina, intente sacar provecho político del dolor ajeno. No es sorpresa, pero sí una muestra más de su profunda decadencia moral. Los mismos de siempre, los que durante décadas sumieron al país en la violencia y la corrupción, hoy se atreven a señalar con dedo acusador al gobierno que precisamente está enfrentando las consecuencias de sus excesos.

Carlos Manzo era un hombre comprometido con su Pueblo, un servidor público emanado de la izquierda y trabajaba para reconstruir el tejido social de Uruapan, una de las regiones más golpeadas por el crimen organizado y la descomposición institucional heredada de los gobiernos neoliberales. Su trayectoria hablaba de compromiso, de cercanía con la gente, de trabajo comunitario, de una política con rostro humano. No representaba intereses de élites, sino el anhelo de transformación que recorre todo el país.

Frente a ese dolor legítimo, lo que hemos visto de la oposición es repugnante. Apenas se conoció la noticia del asesinato, brotaron los comentarios calculados, las declaraciones llenas de cinismo, los intentos de convertir la tragedia en un golpe mediático contra el gobierno de la Cuarta Transformación. Como si no tuvieran memoria. Como si el país no recordara que fueron ellos los del PRIAN y sus aliados quienes sembraron las semillas de la violencia con su política de guerra, su abandono del campo, su complicidad con el crimen organizado y su corrupción estructural.

El colmo es que ahora se atreven a hablar de “falla del Estado”, cuando fueron ellos quienes lo desmantelaron desde adentro, vendiendo sus instituciones al mejor postor, sometiendo a los municipios al abandono presupuestal y entregando la seguridad pública a intereses privados o militares extranjeros. ¿Con qué cara hablan de paz los responsables del baño de sangre iniciado en 2006? ¿Con qué moral juzgan los que callaron ante miles de desaparecidos, ante Ayotzinapa, ante Tlatlaya, ante las masacres que ellos mismos provocaron?

La actitud miserable de la oposición ante la muerte de Carlos Manzo no es nueva. Cada tragedia, cada hecho doloroso, cada pérdida humana es para ellos una oportunidad de ataque político. No sienten empatía, solo cálculo. No buscan justicia, solo votos. No les importa la verdad, solo la manipulación. Y lo más grave, juegan con el sufrimiento de las familias, de los Pueblos, de quienes sí ponen el cuerpo y la vida por transformar la realidad.

Mientras el gobierno federal y el estatal trabajan coordinadamente para esclarecer los hechos y garantizar justicia, la derecha se dedica a difundir odio, a sembrar desconfianza, a ensuciar la memoria de un alcalde que dedicó su vida al servicio público. No hay límites en su oportunismo. Pretenden construir una narrativa donde todo lo que sucede es culpa del actual gobierno, como si los años de violencia, desigualdad y pobreza no fueran consecuencia de su modelo económico neoliberal.

El Pueblo sabe quiénes son los que lucran con la muerte y quiénes trabajan por la vida. Mientras la oposición intenta manipular la tragedia, el gobierno encabezado por la doctora Claudia Sheinbaum se mantiene firme en su compromiso con la seguridad, la justicia social y la reconstrucción del Estado desde una visión humanista. Esa es la diferencia entre quienes gobiernan con principios y quienes destruyeron al país con su ambición.

Este asesinato nos recuerda que la transformación no es tarea fácil. Enfrentarse a los poderes fácticos, al crimen organizado y a los intereses enquistados implica riesgos, porque se está tocando el corazón del sistema que durante décadas se benefició del caos. También con esto se fortalece con la verdad, con el amor al Pueblo y con la convicción profunda de que otro país es posible. Y será posible porque, pese a los intentos de los mismos de siempre por lucrar con la desgracia, la esperanza ya cambió de manos.

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